3.9.13

INFANCIA Y VOCACION (segunda parte)

Después del telégrafo vino el empleo en el Registro Civil. Su amor por la poesía estaba intacto. Desde los 16 años ya era el poeta de su pueblo y colaboraba con el semanario local La Libertad y también en el diario La Razón de Chivilcoy. César Tiempo dirigía por entonces, en Buenos Aires, la revista literaria Columna. Leyó al poeta de Alberti y le pidió una colaboración. Juan le mandó su poema “17 hombres y un barco”. Así debutó en los círculos literarios de la Capital. Juan perseveró. Le mandó al director de las ediciones Teatro del Pueblo un poema y un cheque de $ 4,50 para suscribirse a la publicación. El director le publicó el poema y le devolvió el cheque con una carta que decía: “Usted ya es uno de los nuestros por derecho propio…” Su amigo, el poeta Vicente Barbieri, hizo que Juan aceptara a los 27 años la secretaría de la comuna en Coronel Mom, un pueblo de 800 habitantes, perteneciente al partido de Alberti, donde cosechó muchas amistades por lo que nunca tuvo que labrar un expediente, ya que todos los problemas los arreglaban charlando. Allí vivió hasta que llegó el “gancho” del poeta Juan Bazán para que se fuera a Buenos Aires como redactor publicitario.

INFANCIA Y VOCACION

Fue monaguillo junto al padre Darío Broggi en su pueblo natal Alberti. El fue quien advirtió la inteligencia de Juan y habló con sus padres para que lo enviaran a Buenos Aires. Pero las distancias eran largas, el amor por el chico grande y el dinero escaso. Al terminar la escuela primaria entró como mensajero en el telégrafo del pueblo.

Una anécdota -ya hombre en Buenos Aires-, pinta lo aprendido en su primer trabajo: estaba una tarde en un café céntrico y en una mesa cercana estaba Atahualpa Yupanqui, que jugaba con la cucharita del café. 
Juan prestó atención a los sonidos, tomó un tenedor y una cuchara y surgió el siguiente diálogo en código Morse:
J.F.B.: ¿usted fue telegrafista verdad?
A.Y.: si, pero eso fue hace mucho tiempo.
J.F.B.: me di cuenta porque estaba cantando poemas con la cucharita.
A.Y.: Claro. Han pasado más de 40 años y me pasó lo que decía Amado Nervo: quien lo aprendió no lo pudo jamás olvidar…

Se miraron y rieron. Cosas de la vida. La magia de la guitarra de Yupanqui y la inspiración poética de Ferreyra Basso se fundieron, por unos minutos, en la curiosa confabulación de una cucharita y un tenedor en un bar de Buenos Aires.

13.9.06


Tumba donde descansa Ferreyra Basso

2.8.06

5.7.06

Datos biográficos


Integrante de una conocida familia albertina...nació en Alberti en 1910 y falleció en 1984. poeta, comentarista radial, desmenuzó la realidad en "El otro lado de las cosas" y en "¿O me equivoco?" recibiendo el premio Argentores al mejor programa de su género. "Rosa de arcilla", "La soledad poblada", "El mineral, el arbol, el caballo", "Paisano muerto en el río" son algunos de sus libros poéticos. Sus restos yacen en Alberti.

14.6.06

El otro lado de las cosas - edición de Corregidor

Juan Ferreyra Basso

EL OTRO LADO DE LAS COSAS.

A Dora Virginia, compañera mía.


PRIMERA EDICION 1977
Biblioteca de Buenos Aires 1210

Portada del departamento de Arte
De Ediciones Corregidor.

EDICIONES CORREGIDOR
Corrientes 1585, Buenos Aires, C. 1042
Hecho el depósito de ley
Impreso en Argentina.



HACIENDO PATRIA

Primero quinchó la piecita, la cocina y un pequeño bañito. Sin lluvia claro, porque la cosa no daba para tanto lujo. Una palangana grande hizo la bañera. Ése iba a ser el hogar. Lo demás era todo campo.
Y ganas de trabajar. Y de ir para adelante.
Y para adelante fueron. Trabajando de sol a sol, él en el campito arrendado. Y ella en la casa, para que la pobre casa, a fuerza de fregado fuera menos pobre. Pasaron así unos meses.
Y una mañana, mientras él preparaba la reja del arado, ella se acercó con el mate, se lo dio y de repente lo abrazó fuerte:
-Querido ¿Sabes una cosa?... me parece que…
El la miró intrigado unos segundos. De pronto comprendió y así, con el mate en la mano la abrazó fuerte, medio alzándola en el aire, con una especie de delicadeza especial.
-me gustaría que fuera varón…- dijo.
Y terminó el mate y siguió trabajando. Ahora con más razón. Había que abrir los surcos. Y sembrar la semilla. Para que se produjera el milagro de la cosecha..
“ Igual que para que llegue el hijo-pensó-.
Abrir el surco. Sembrar la semilla. Y esperar el milagro”. Esa mañana, cuando regresó, regresó cantando.
Tiempo después, había una piecita más, agrandando la casa. Y otro poquito más de tiempo después, una canción de madre la empezó a ilusiona por dentro.
Para aquel entonces no había radio. Ni fotógrafo tenían. Y para ir a al pueblo había que atar el sulky. Los días pasaban. Un par de leguas al sur de la casa- llámale chacra, aunque con campo y todo apenas daba para ese nombre-, al sur había sucedido algo parecido a lo que acabo de contar. Y al oeste también.
Y al este. Era otro tiempo, eso sí no había caminos de asfalto. Ni camionetas. Ni aviones que surcaban el cielo. Y la semana estaba compuesta de siete días de trabajo y siete noches de descanso. Nada más.
Bueno a esto de lo que estoy hablando yo casi no llegué a conocerlo. Después cambió la cosa. Y hubo caminos atravesando los campos. Y radios y televisores en las casas del campo. Y una camioneta y un auto en el garaje de la casa. Y veloces tractores. Y remedios para salvar la cosecha y los animales. Y un ir y venir al pueblo, y a la ciudad. Y está bien que así sea. Y gracias a Dios. Pero el día que en la gran ciudad se levante el monumento al hombre que trabaja el campo, es ese monumento debe figurar el hombre aquel, el primero. El hombre junto al arado de mancera y junto a él su mujer con el mate y su amor. Con el mate y la vida adentro. ¡O me equivoco?




“Y… NO SOMOS NADA”

- Pero ¿por qué?
- -¿ Cómo por qué? Porque sí…
Porque sí es el porqué sin explicación.
Cuando se refiere a hechos en los que el que ha intervenido es el destino, quiero decir cuando lo sucedido no depende de acción humana sino de ese azar al que llamamos destino, está bien eso de “porque sí”. Cuando la cosa cambia es cuando trata de un “porque sí” humano, un porque sí dicho por alguien. En este caso el que lo dice juega a ser un poco el destino ya que, como digo, él es el de los “porqué” sin explicación.
Y sin apelación. Porque el destino lo quiso y nada más. Ya que ¿en qué tribunal le vas a pleitear al destino? ¿Y qué abogado te va a defender en esa causa? Cuando el destino dice no o dice sí, ya podes archivar el expediente.
Para él, para el destino, no hay juicio abierto a prueba ni cámara de apelación que valga.
Sí o sí. O, no o no. Pero sin apelación. Para siempre. El hombre también juega a ser inexorable. Como si fuera dueño del destino.
Y en ocasiones- esas cosas de la vida- su sí o su no resultan definitivos. Pero eso, también sucede porque el destino quiere, no porque el hombre lo haya dispuesto. Aquello de que el hombre lo haya dispuesto. Aquello de que el hombre propone y Dios dispone, lo dijo alguien que sabía ver “el otro lado de las cosas”
El ser humano suele tener esos desplantes, como si fuera capaz de manejarlo todo, de ser dueño absoluto de aquello sobre lo que circunstancialmente tiene dominio. Y se olvida- y en cierto modo hace bien en olvidarse- de que entre el espacio que va de unos de sus pasos al otro cabe una de esas fallas fuleras del organismo hay chao seguridad y chao orgullo. Y digo hace bien en no estarse acordando a cada rato, porque para qué. Está bien aquello de que la muerte es la gran maestra de la vida, pero tampoco es cuestión de tenerla siempre delante dándonos clase a esa flaca maestra. Con acordarnos de ella de cuando en cuando ya es suficiente. Y a ves aleccionador.
- pero, mira vos. Ayer estaba lo más bien.
Y ahí lo tenés ahora…
-y… no somos nada.
No somos nada hasta que terminaron los discursos en el peristilo. Después la seguimos como si en vez de ser nada fuéramos mucho.
Y para siempre. Y te repito que me parece bien que sea así. No te vas andar probando la mortaja todos los días habiendo tantas otras pilchas lindas para estrenar ¿no? ¿O me equivoco?




“SI TODOS LOS HOMBRES…”

Un niño es un niño, siempre. En cualquier lugar del mundo que sea. Y de cualquier color que sea su piel. Y sea como sea el alma de quienes rodean. Y el alma de quien gobierne el país que sea. Un niño es un niño y no tiene la culpa de lo que pasa a su alrededor.
Ni más allá de su alrededor y de su inocente comprensión. O de su inocente incomprensión.
Ni de la felicidad o la desdicha que lo rodea.
Ni de la saciedad o el hambre o la desesperación que o rodea. Ni de la linda ropa que viste o la barrigudita y esquelética desnudez en que lo fotografiaron. Y en que lo exhiban como una culpa. O como una acusación.
No estoy hablando de los hombres. Estoy hablando de los niños. Es decir, de los hombres del mañana. Es decir, de algunos de los hombres del mañana, porque no creo que todos esos negritos barriguditos de las fotos lleguen a hombres. Y no sé para qué llegarán los que sé también que lo que yo estoy diciendo no va a arreglar naa. Sé también que no sé exactamente cómo se podría hacer para que las cosas- en lo que respecta a millares de niños del mundo- no sean como son. Sólo sé que no están bien así como están. Y como, por lo visto, seguirán estando.
-¡come!... ¡Come!... pero qué cosa con este chico, por jugar no come nada.
Es cierto. Pero hay otros chicos en el mundo de que no comen pero no por jugar. Hay muchos que no juegan porque no comen. Mire que diferencia.
Ah, si fuera verdad eso de que “si todos los hombres del mundo nos diéramos las manos”, como dice la ronda, es posible que en medio de esa ronda jugaran todos los niños del mundo.
Jugaran si hambre y cantando. Tan antigua la hermosa ronda. Tan antigua la hermosa esperanza de la humanidad. Tan antigua como la injusticia.
Instituciones hay que se ocupan de esos niños, de los que esperan. Que Dios las ayude, la tarea no es fácil. ¿O me equivoco?







EL LINYERA Y LO SUYO.

No recuerdo si conté ya lo que les voy a contar ahora. En tantos años de radio como lleva uno, es muy difícil acordarse de todo aquello que habló. De todos modos, pienso que vale la pena contarlo por la tierna y escondida lágrima que encierra la historia. Un hecho acontecido en mi pueblo, hace ya muchos años, y del que yo fui testigo.
Era un atardecer. Y ésta, la escena. Una chiquita rubia, junto a la puerta de su casa, jugando en la vereda con una muñeca y unas latitas. Frente a ella, mirándola, el linyera.
También rubio, de barba. Había dejado en el suelo una vieja y maltratada maleta y miraba a la chiquilla. Eso vi, esa la escena. Y me detuve junto a un añoso plátano, en la misma vereda, observando. Dispuesto a intervenir.
Porque el hombre se había acercado a la nena murmurando algo. Di un paso hacia él pero me detuve otra vez. O mejor dicho, me detuvo el ademán del hombre.

Su mano derecha se había alzado sobre la inocente cabecita, pero no como una amenaza, sino más bien como una caricia. Pero sin tocar a la niña. La mano pareció dibujar la forma de esa cabecita, a penas a dos centímetros de ella. Parecía más una bendición, que una caricia.
Y entonces alcancé a oír algunas de las palabras que el hombre decía: “Igualita a mi Natalia- murmuraba- igualita a mi Natalia…”
No la oía bien. No estoy segura si decía Natalia o Tatiana. “Icualita… Icualita…”. La chiquita, curiosamente sin temor, sonrió. El linyera- sería un hombre de unos sesenta años- se agachó a tomar su vieja maleta y sin volver a mirar a la niña, se alejó. “Icualita… Icualita…”
La pequeña alzó su manecita para saludarlo, la sostuvo un momento en el aire, y al ver que él ya lo miraba, volvió a su juego, ya olvidada del hombre que se alejaba con el cabello y la barba auroleados- como la cabezada un santo- por la contraluz del sol que se ponía.
Yo caminé en su dirección, con intención de haberlo. Pero me detuve porque alcancé a pensar que cada uno lleva lo suyo adentro y hay veces que el hombre no le gusta que otos vengan a resolver es sus cosas, a manosearle sus recuerdos. Por eso me quedé parado allí con un extraño cosquilleo en los ojos mientras el hombre se alejaba con su maleta, sus años, sus recuerdos.
Hice bien ¡ cierto? ¿O me equivoco?








¿HAY O NO HAY DERECHO?

Entre tantos derechos que se ha inventado el hombre para defenderse en la vida, uno de los más zarandeados es el derecho de propiedad.
¿Cuántos kilos de papel- y de papel sellado también- se habrán gastado para explicar, justificar, discutir, pleitear o vilipendiar ese famoso derecho de propiedad en el mundo? Será porque hay quienes tienen derecho a tener lo que tienen y quienes no. Es decir, sera porque hay quienes se ganaron o heredaron lo que tienen y quienes lo tienen recurriendo a trampas o injusticias.
Porque si cada uno tuviera lo suyo legítimamente, honradamente no habría porque pleitear ni porque pelear. Por lo menos en cuanto se refiere a lo que es de uno o es del otro.
El hombre defiende lo que es suyo. Es lógico. Es decir, es lógico cuando defiende lo que Dios o la vida le dieron. O lo que supo ganarse como pudo, honradamente. Que no suele ser la manera más fácil de ganar. Pero es la que más nos vale. El hombre es capaz de pelear por defender lo suyo. Es capaz de pelear, de jugarse por su mujer y sus hijos. ( y de una u otra manera pelea por ellos todos los días. ¿Verdad que sí, señor? ¿Verdad que hay que pelearla por ellos?) El hombre es capaz de pelear por defender lo que considera suyo.
El hombre es capaz de pelear por ese techo que cobija su hogar y su esperanza. Es capaz de pelear por un amigo. Sería capaz, seguro, de pelear por esta tierra que sostiene sus pasos y los muros de su casa. Y es capaz, sino de pelear, por lo menos de discutir Portu barrio, por su club y hasta por el “orsay” mal cobrado a su equipo. Y esta bien. Porque todas esas cosas, todas esas pertenencias físicas y del alma, son suyas por amor, más allá de los títulos de propiedad y de los papeles sellados que en algunos casos refrendan jurídicamente esa propiedad.
Son suyos por el derecho de propiedad más sagrado, aunque no lo refrende el escribano ni los defienda por intermedio del abogado. Y demos gracias a Dios si tenemos que pelearla a la vida por alguien. O por “álguienes”. Esa es señal de que no estamos solos. Señal de que vale la pena pelearla. Aunque nos cueste. ¿O me equivoco?







¿TIENE MEDIDA LA HOMBRIA?

A veces no estoy seguro de si ha llegado a ser hombre. No, no te reías, ni hagas chistes fáciles por esto que acabo de decir. He llegado a ser grande, físicamente adulto, eso sí, de eso estoy seguro. Me lo confirman mis kilos y mis centímetros. Y la fecha de mi partida de nacimiento.
Y la de mi hijo. Pero así y todo, con lo que he vivido, con lo que he hecho ¿Habré llegado a ser realmente hombre?
Si uno se pone a pensar de cierta manera, creo que esta duda mía está justificada. Porque si San Martín, por ejemplo, con ser todo lo que fue e hizo, no fue más que un hombre. Si Beethoven, habiendo levantado esas catedrales de música que son sus sinfonías, no fue más que un hombre. Si el Dante, habiendo escrito una obra casi divina como en su Divina Comedia no fue más que un hombre, y así tantos otros, entonces el carpintero de la otra cuadra sacando viruta a la madera; o el almacenero de la esquina despachando azúcar o yo garrapateando papeles ¿Qué somos? ¿Cuáles estamos en el papel real de hombres? ¿Cuáles son los que dan la medida, cuales son los que dan la medida, cuáles son los que se quedan chicos o los que la sobrepasan a esa medida?
- pero yo soy hombre ¿qué te crees? A mi no me van a llevar por delante…
Este es de los que se creen que la hombría se demuestra peleando, pero es hombre. Pertenece al tipo de hombre que cacarea, pero es hombre. Y también es hombre el que se achica cuando un grandote saca pecho. El grandote, que también es hombre. Tenga coraje o sea puro músculo, nomás.
La verdad es que no hay medida de la hombría. Hay sexo masculino y sexo femenino, eso sí (por lo menos son los dos reconocidos oficialmente…) pero el grado de hombría, de coraje, varía mucho en el varón, según sean las circunstancias. Tanto como esa capacidad de creación a que me refiera antes. Y que forma parte trascendente de los valores humanos.
Y ahí es donde la diferencia entre los hombres se nota más. Y donde la superioridad creativa establece su derecho. Nada más que un derecho; el de pertenecer en la memoria y la emoción de la gente. Ahí es donde, mientras millones de seres cumplieron anónimamente- y honradamente- sus vidas, San Martín sigue peleando y ganando la Batalla de San Lorenzo; ahí es donde Beethoven sigue enardecido creando su propio música y el dante sigue viajando por sus infiernos y ganándose los laureles para su cabeza de perfil. Hombres ellos y hombres nosotros. Hombres todos. Pero cada uno en una dimensión y en una perdurabilidad distinta. Hombres que dejan su huella. Y hombres, nomás ¿O me equivoco?






LA VENDA DEL AMOR.

Hay gente capaz de decir tantas más cosas y tan más lindamente que otras personas con las mismas palabras. Ejemplo:
“Cuando tú y la verdad me hablan, no escucho la verdad. Te escucho a ti”. Esta es una de las formas de demostrar el amor, ¿ve?. Contra toda verdad, contra toda evidencia prefiero escucharte a vos. Es decir, tengo que escucharte, tengo que creerte porque te quiero, aunque mi razón insista en decirme que vos estás en el engaño, no en la verdad. Y aunque alcance a adivinar ya el precipicio hacia el que me dirijo.
El amor, a veces, es un cerrar los ojos a la realidad. Un no querer ver.
“Cuando tú y la verdad me hablan, no escucho a la verdad. Te escucho a ti” así ha sido y así será siempre. Cuando el amor- cuando el metejón diría un porteño- entra a imponer su dominio sobre nuestra voluntad, todo razonamiento en contra es inútil, y todo lo que el amor nos dice se convierte en verdad.
Generalmente, es más poderoso el amor que la amistad. La prueba el hecho de que más de una amistad ha sido quebrada por causa de un amor. No hace falta para ello que dos amigos quieran a la misma mujer. Es suficiente el tímido consejo, la bienintencionada prevención de un amigo referente a la novia o lo que sea esa mujer en relación con el otro, para que la amistad se resquebraje y el ciego enamoramiento pase sobre ella y su consejo. Por eso tiene razón la frase de Porchia con que inicié este comentario: “cuando tú y la verdad me hablan, no escucho a la verdad, te escucho a ti”. Que exacta definición de amor. Como si digiera: “ciegamente te escucho a ti, amor. Solamente a ti”.
-Mira hermano, perdóname que te lo diga, pero pienso que esa mujer no te conviene...
No te enojes, pero…
¿Para qué se lo decís? Será inútil. Inútil o peor. Porque no lo va a llevar el apunte a tu consejo y porque puede suceder que lo único que consigas sea poner en su corazón la semillita de una duda inconveniente que le va a ensombrecer la vida pero que no va a lograr deshacer el nudo de su metejón y sí aflojar el de la amistad, es una de esas.
“es sonso el crestiano macho, cuando el amor lo domina”. Es cierto, don Hernández. Pero ¿qué puede hacer el cristiano si amor?
¿Y qué podemos hacer nosotros frente al amigo enamorado, sea como sea la moza? Desearle felicidad y si se le da en contra… que Dios lo ayude ¿no? Que lo ayude Dios y, entonces si, que alguna palabra nuestra la alivie el tormento. Si encontramos esa palabra. ¿O me equivoco?










EL AVE Y SU VUELO.

Que lástima que las aves no sepan todo lo maravilloso que es volar. Si se dieran cuenta de ello serían más felices. Vamos- me podrías decir vos-, si ellas son las que vuelan, cómo no van a saber lo maravilloso que es volar.
Y yo te diría que justamente por eso, porque vuelan, porque prácticamente nacieron volando, porque para ellas eso de volar es lo de todos los días, no saben cómo es de hermosos volar.
Para ellas volar es tan natural como respirar, eso que todo ser vivo hace toda la vida- respirar, sin darse cuenta de lo que está haciendo a menos que alguna afección a las vías respiratorias se lo recuerde. Nosotros, en cambio, caminamos, pero muy pocas veces tenemos noción de lo que significa ser dueños de ese caminar. A quien le parecería lindo poder caminar sería al árbol, pongamos por caso, porque él no puede hacerlo. No a nosotros para quienes caminar es tan natural como respirar.
No a nosotros que tantas veces nos quejamos de haber tenido que caminar tanto ese día. Uno ve un ave en libertad, cruzando el espacio, y piensa- o siente- lo hermoso de esa libertad casi sin límites, de ese poder desprenderse del suelo para ser dueños del cielo. Sí, es cierto, un poco de esa libertad del pájaro la hemos alcanzado con el avión. Pero no es lo mismo. Por eso, no hace muchos días- ustedes lo habrán leído en los diarios- alguien ensayó con bastante éxito parece, el vuelo individual con adosamiento a sus espaldas de unas grandes alas. Piensen esto, sin embargo: ¿Para qué busca el hombre esas alas personales, que por perfectas que sean no lo pueden llevar muy lejos, si tiene las alas del poderoso avión que lo conduce en u vuelo muchísimo más rápido y capaz e cubrir enormes distancias? Por eso que digo: por el afán del hombre de ser libre en el espacio como son los pájaros. Dueño de sus alas. Y con una ventaja sobre los pájaros, en este caso.
Que el hombre, al inventarse esas alas para él solo, al volar como otra ave, disfruta, me imagino, mucho más que el ave con su vuelo, porque él sí sabe de tal modo lo que es volar, porque no nació con alas. Y tiene la conciencia de ese milagro que es- o debe ser- el vuelo.
Y digo debe ser, porque yo no he volado. Yo he viajado en avión, que no es lo mismo.
Una pregunta tonta: ¿Qué pensarán las gallinas que apenas dan un volidito de un metro y eso si las asustan, de las aves que son dueñas del cielo? Lo más seguro es que no piensen nada. Ni les importe. ¿O me equivoco?





LA ESPERANZA SE CONJUGA
EN FUTURO.


Pavada de frasecita-exclamó, de pronto, levantando la cabeza del libro y repitiendo lo que acaba de leer-. “El mañana no es igual al hoy, hoy” esa era la frasecita. Que realmente dice mucho con poquitas palabras. “El mañana no es igual al del hoy, hoy”. Es así, porque visto desde el hoy en el mañana caben todas las posibilidades. En el hoy no, claro, porque ya está cumplido. O se está cumpliendo. Ya sabemos qué nos está dando o qué nos está quitando. El mañana está por suceder todavía y todo puede acontecer durante su transcurso.
Aunque después llegue el mañana- es decir, que mañana ya sea aquel mañana que decíamos hoy- y no acontezca nada diferente y todo sea como fue hoy. Pero visto aún desde hoy, el mañana no es igual a hoy. ¿Quién sabe con qué nuevas llegará? Si no fuera así, si no lo sintiéramos así, no existiría la esperanza.
¿Te das cuenta? Si no esperas que el mañana sea distinto al hoy, ¿qué puedes esperar de ese mañana? O temer. Porque al ser diferente al hoy, también puede llegar enancando a la adversidad. Y después de todo, tal vez sea eso lo que le da más gusto a la vida, más sentido de aventura. Aunque le ponga una sombra de temor a lo que nos viene trayendo, el futuro es medio pariente de la esperanza casi siempre.
Porque la esperanza siempre es futuro. –y… puede ser… en una de esas… Claro ¿por qué no? Todo puede ser antes de ser, o de no ser. Pero si podemos ayudar un poquito para que sea como queremos, mejor. Porque hay otras cosas, en cambio, frente a las cuales no podemos hacer nada, ni a favor ni en contra. Nada. Solamente esperar a ver qué dice la suerte. La buena o la mala suerte. Que es la que en definitiva decide.
“ El mañana no es igual al hoy, hoy”. Tal vez un poco desesperanzada la frase de Antonio Porchia, ya que nos anticipa que mañana puede ser igual a hoy, pero de todas maneras, acepta la esperanza de que visto desde el hoy, mañana puede ser mejor, o más favorable. Y es esa esperanza, ese puede ser, el motivo que nos ayuda a vivir y a superar las no siempre felices contingencias del vivir. La vida es linda por lo que nos ha ido dando, pero es más linda por lo que nos puede dar. Ese es el slogan de la esperanza. ¿O me equivoco?







NACER ESA COSTUMBRE
DE LA GENTE.

En ese mismo momento, en un lugar del mundo, está naciendo un niño. Seguro. O casi seguro. Porque entre los miles de millones de habitantes que pueblan la tierra, continuamente están naciendo niños. La profesión de padre y madre-profesión en la que trabajan en sociedad el hombre y la mujer-s seguramente la profesión más antigua de la tierra. Y que se va heredando de padres a hijos. De modo que los hijos, cuando ejercen la profesión, ya son a su vez padres. Y así. A veces, falla, claro. Eso sucede cuando del hombre y la mujer destinados o elegidos entre sí para la paternidad, a uno de los dos le anda fallando el organismo y el matrimonio se queda con el sueño del hijo nomás. O tiene que adoptar uno ya producido. Pero de cualquier modo, con cada niño que nace, nace ya la posibilidad de otro hijo. Es decir, el futuro hijo del recién nacido. O de los futuros hijos si la pareja le gusta el tema y sigue actuando.
(De repente al hombre le da por sacar cuantas sobre este fenómeno multiplicador del nacimiento y le entra la preocupación. Me refiero al hombre o, mejor dicho, a los hombres que estudian el crecimiento o aumento de la población en el mundo. Que es necesario establecer por varias razones. Una de ellas- tal vez la más importante- es ese desparejo crecer de los pueblos en cuanto a población en los distintos sitios del orbe. En este aspecto hay razas o sociedades más productivas que otras. Uno mira y se da cuenta de que mientras en algunas regiones o países la gente se va amontonado cada vez más, en otros hay campos despoblados hasta para regalar. Bueno para regalar no, porque en cuanto te pones a regalar alguna hectárea ajena de las tantas que hay por ahí sin gente adentro, enseguida aparece el dueño. Y si por casualidad el dueño sos vos, no te vas a poner a regalar campos con lo caros que están. Y con los tuyos que son, si son tuyos.
En este mismo momento en algún lugar del mundo está naciendo un niño. Una boca más para comer. O para chupar., ya que en los comienzos el hombre no pasa de la mamadera…
En este momento está nacido un niño. ¿Qué será de él? ¿Qué traerá al mundo? ¿Y con qué lo espera el mundo a él, al recién nacido de hoy? Hay tema para pensar ¿eh?, aunque yo lo haya tratado acá aparentemente en broma nomás. Es que el humor generalmente es el otro lado de las cosas serias. ¿O me equivoco?








LOS ENCUENTROS Y EL APURO.

Todas las cosas son relativas en la vida y todo depende del modo en que cada uno las mira. Tres cuadras, por ejemplo, son siempre tres cuadras, ni un metro más, ni un metro menos. Pero según como se la mira no parecen siempre iguales. Claro. No parecen lo mismo si vos decir: “ya no faltan más que tres cuadras”, que si decís: “che... ¡todavía faltan tres cuadras!” es lógico. Para el cansancio o para el apuro por llegar las distancias se hacen más largas y para el que espera es el tiempo el que se hace más largo.
-¿Recién llegas vos?
Es cierto. Vos te atrasaste un poquito, pero no es para tanto. Sí para vos no es para tanto. Para vos que te demoraste charlando esos minutos. Pero para el otro, para que el esperaba, sí es para tanto… en esto de la cita y la espera suele pasar otra cosa también. No sé si a vos te ha pasado.
-¿nos encontramos a las once en el bar. de Avenida de mayo y Piedras? ¿Te parece bien?
Y a vos te parece bien. Y vas a las once al bar. de avenida de Mayo y Piedras. Y como el otro no llegó todavía, pedís un café. Te tomas el café y son las once y diez. Y el otro no viene. Y son las once y veinte y nada. Y aparte de la bronca por el tiempo que perdés, te empieza a entrar la duda. ¿Sería en la Avenida de Mayo y Piedras o sería en Avenida de Mayo y Chacabuco donde también hay un bar? Y no sabes si hacerte una corrida hasta el otro bar. o no. En una de esas el otro llega y no te encuentra.
Y ya son las once y veinticinco y…
-Perdóname viejo. Se rehizo tarde. Yo que salía y llegó mi hermano con un problema…
Ni tener que esperar ni que te tuviera que esperar; esa debiera ser la precisa. Pero no siempre puede ser, y acá en Buenos Aires, menos. Y tengas que esperar o tengas que hacer esperar te comen los nervios. Y decís palabras que a lo mejor figuran en el diccionario pero que no se deben decir y la presión te sube dos puntos y…
- No sé doctor, no hice ningún desarreglo…
y. sí. No comiste con mucha sal, no te pasaste con el vino, pero te mandaste cada rabieta que vale por tres platos de ñoquis y una de tres cuartos… y ahí está la cosa. Los problemas ç, loa apurones, el tiempo que no alcanza…
-¿Y usted que aconsejaría Ferreira Basso contra el apuro?
-Perdón perdón, después se lo digo. Ahora debo ir a grabar a otra radio, ya tendría que estar allí… ya no tengo tiempo de preguntar. ¿O me equivoco?







CHARLA CON UNA ORACIÓN FINAL.


La gente hueca, la gente vacía por dentro pierde su tiempo y hace perder el de los demás. Y cada uno es dueño de perder su tiempo, pero no es dueño de hacérselo perder a los demás. El tiempo es lo más valioso que tenemos. El tiempo es la vida que se nos concede, el plazo sin prórroga. La mercadería sin reposición. Hay infinidad de cosas que se pueden reponer en la vida. Menos el tiempo perdido, a porción de vida mal usada, desperdiciada.
A eso no hay mayorista que te reponga por más plata que ofrezcas. Cuando esa mercadería se te agota, chao.
-¿Mañana nos vemos, verdad, querida?
Aunque sólo sean cinco minutos.
Esta bien, muchacho. Aunque sólo sean cinco minutos. Con ella. Esa es una de las cosas para las que Dios te dio el tiempo. Llena tu tiempo de amor, si puedes. Y de entusiasmos. Y de canciones. Y de trabajo, claro. Que no hay tiempo perdido.
Demasiado tiempo se nos va ya durmiendo. Que no se vaya también despierto. Y si en un momento dado, no tienes nada con qué llenar bienhechoramente tu tiempo, dedícate a soñar cualquier imposible. Más vale algo lindo soñado, aunque nunca llegue, que un espacio de vida completamente vacío. Tiempo vacío. Tiempo vacío es tiempo muerto, aunque transites aparentemente vivo por él.
Pasa un hombre silbando. Distraído y silbando. Felicitaciones. Felicitaciones para el silbador. Algo lleva en su corazón, puesto que silba. No sé si se estará contento o no. Pero no está vacío. El silbido o el silbo-como el cantar-, no nacen de un corazón vacío. Pueden nacer hasta de una tristeza o de una ausencia.
Bienvenida tristeza, entonces, bienvenida ausencia si llegas con una canción. Bienvenido tiempo mío. Bienvenida vida, aunque me duelas, si pones una canción en mis labios.
A veces pienso en silencio una especie de oración. Esto es lo que a veces pienso, como para mí nomás; “no me dejes el tiempo vacío, señor. No me dejes el tiempo vacío, Dios, Destino o quien seas. Ayúdame a llenarlo y aleja de mí a los que tienen el corazón vacío.
Y me roban el tiempo. Este tiempo que me ha sido concebido y que no me va a alcanzar, seguramente, para gastar todo el cariño, y toda la amistad, y todos los sueños y todo el dolor que llevo en mi corazón. Porque yo no soy dueño del tiempo. Pero tengo derecho a usarlo como si fuera mío. Siempre que no lo malgaste. ¿Verdad Señor? ¿O me equivoco?
EL MATRIMONIO ES UNA BROMA.

“Una de las granes alegrías del matrimonio es la ausencia del marido”. Lógicamente a esto no lo digo yo que soy marido, lo dice Cristiane Rochefort, la novelista francesa. Yo en todo caso, y aunque más no fuera para vengarme de ella, diría que una de las granes alegrías del matrimonio es la ausencia de la esposa. Y para vengarme más aún, diría que ya el solo nombre de “esposa” es amenazador. Ya que esposa es también la que te ponen en las muñecas y no te deja escapar. Pero no lo digo por que en realidad no es Cristiane Rochefort la que dice eso de que “una de lasa grandes alegrías del matrimonio es la ausencia del marido”, sino uno de los personajes de su novela. Una a la que no le tocó un buen marido. Pero como uno siempre se cree un buen marido no puede sentirse afectado por lo que dice una a la que no le tocó un buen marido como es uno. Toma… para que otra vez, te llames Cristiane- autor- o Celine- personaje- no te metas a hacer chistes con los pobres maridos.
Lo malo del matrimonio es que con él se termina el noviazgo. Que debe ser la parte linda del asunto ya que nadie se queja de él. Cuando la cosa empieza a no funcionar tan lindo es después del viaje de bodas. O un tiempito más tarde. Hasta ese momento todo es fenómeno. De donde se podría deducir que lo malo del noviazgo es que en la otra punta está el casamiento. No siempre, claro. Porque a veces hay alguna que se aviva y larga, como quien dice. Pero no te apures a felicitarlo, que, tiempo más, tiempo menos, ya tendrás que mandarle el telegrama. “Felicitaciones a la gentil pareja”, se usaba cuando yo era telegrafista. Y es cierto. En la fotografía de casamiento la pareja parece más o menos gentil. Aunque generalmente la cara del novio tira más a asustada que a gentil. Yo pienso que la fotografía de recién casados debería tomarse antes de ir al Registro Civil. Hasta ahí al tipo le queda alguna esperanza todavía y esa esperanza se le reflejaría en la cara. Pero una vez consumado el hecho por más cara de felicidad que ponga, siempre aparece con un airecito de tipo que está listo.
Bueno, pero vos me escuchas y que te estás por casar, no aflojes, que esta charla es pura broma. ¿Cómo querés que diga en serio lo que dije? ¿No ves que en una de esas me está escuchando mi señora?... ¿O me equivoco?






LAS MUSICA ES LA MUSICA.

Alguna vez, en algún grado de alguna escuela, alguna maestra nos explicó… bueno, no nos explicó, nos dijo, que la música era: “vibraciones del aire”. Será. Pero a mí no me gustó la explicación. No me gusto porque no la entendí. Como de chiquitito nomás ya tuve yo algo de ese tarado que sigo teniendo de grande para decir ciertas cosas, esa vez, a la manera de mi edad se lo dije a la maestra: “No me gusta que se nada más que las vibraciones del aire”. Se lo dije inocentemente, desde mis siete años. Pero ella, con el tono con que algunas maestras de aquella época usaban, me contestó: “¿Y cómo diría usted, señor Ferreira, si se puede saber?” y yo, entre tímido y avergonzado y rabiosos: “Y… a mí me parece que la música es… es…” y ella: “¿es qué, señor Ferreyra?” ese “señor” con que me trataba era lo que más me jorobaba. Y me anulaba. “¿es qué, señor Fereyra?”.
“Bueno… que la música es… es la música, señorita”. Algunos chicos se rieron. No importa. Todavía sigo pensando que la música es la música. La música y lo que la música le dice a mi alma. No digo que no esté bien la explicación de las cosas. Pero a su debido tiempo y con las debidas palabras. A esto me refería yo acá el otro día.
No lo podes decir a un chico de siete años, como única explicación, que la música son vibraciones del aire. No se lo podes decir sin entrárselo a explicar como a un niño que es.
Cosa que no todos los adultos sabemos hacer al hablar con los chicos. Es muy difícil explicarle a los chiquilines- y a veces a los grandes también- es muy difícil explicarles algo, que, como la música, no tiene presencia física y que, además, a cada uno le dice algo distinto. Si le dice.
Porque a mí, por ejemplo, la música de Bach me da paz y la de Shostakovich me crispa. ¿Y por qué a veces prefiero una guitarra sola a la noche, a una orquesta? Explícamelo. Lo que pasa es que así como nos diferenciamos o nos parecemos por afinidades espirituales, por gustos que van más allá de la mera educación o del medio en que vivimos.
De lo contrario, a todos los hermanos nacidos y criados en el mismo medio y educados de la misma manera, tendrían que gustarles la misma música y las mismas cosas. Y no es así.
Cada uno se trae su propia predisposición, su propia apetencia. ¿O me equivoco?






UN ANIMAL LLAMADO HOMBRE.

-¡El león es una bestia sanguinaria!...
Bueno, no se lo expliques así al chico. El león, cuando tiene hambre, ataca a otros animales justamente por eso, porque tiene hambre. No por crueldad. Como el hombre ataca también a una vaca-o un cordero- no por el placer de matarlos sino por la necesidad de comer que tiene el hombre. Decíselo al pibe. No lo dejés con la sensación de que el león, por el solo hecho e tener que alimentarse, es un asesino. El hecho es sí es cruel, no el león.
En la naturaleza hay una especie de crueldad natural e inevitable ya que todos queremos comer y muchos de lo que queremos comer somos carnívoros y no nos conformamos solamente con repollo o radicheta. Eso es lo que hace que algunos animales seamos más sanguíneos que otros. Ahí tenés, por ejemplo, un caballo; para comer, no tiene necesidad de matar a nadie. Un lotecito de alfalfa o un morral de maíz y ya lo tenés relinchando de contento. En cambio el chimango, un pájaro más bien chico, no se conforma con maíz. Vos lo ves en el campo y te deja los huesos peladitos y blanqueando después de algunos almuerzos.
¿Y el oso hormiguero? Con esa trompita que tiene y carnívoro, ¿Viste? Te liquida las hormiguitas, que son fundamentalmente vegetarianas.
En broma o en serio, la verdad es que hay una especie de compensación en la naturaleza.
Una ley que da cierto equilibrio a la vida ya que, mientras unos nos comemos a los otros, siempre hay ejemplares trabajando en pareja para que las razas no se extingan, para reponer lo que nos comemos. Aunque a través de los siglos, o mejor dicho de los milenios, las cosas no hayan sido siempre tan equilibradas, ya que de algunas razas animales sólo quedan envejecidos esqueletos. O menos que esqueletos.
Apenas han quedado algunos huesitos que los antropólogos., con infinita paciencia y como quien arma un rompecabezas, han ido reconstruyendo poco a poco hasta lograr esos monumentales esqueletos que podés ver el Museo de La plata, si querés.
Pero lo importante ha sido siempre sobrevivir, vencer el hambre. Para esta tarea, el hombre que es más vivo, inventó la escopeta y otros instrumentos de amor hacia los animales. Lo malo es que a veces los mata por matarlos nomás. Y ahí está lo feo, ¿ve? ¿O me equivoco?






CIELO PARA TODOS

Ya viene a verte mi cielo,
Ya viene mi corazón.
Amor perfumando el aire,
Ya viene con una flor.

“Ya viene a verte, mi cielo” que lindo eso de “mi cielo” ¿no? Y tan criollo en sus cantares. Llamarla cielo a la mujer amada es enaltecerla, compararla con lo más alto y hermoso, con lo más anhelado. Cielo es una palabra que nació con suerte. Es una palabra de color celeste y toda llena de luz. La apliques al cielo, al cielo que tus ojos ven en lo alto, la apliques al amor o la apliques al cielo que la iglesia nos promete si nos portamos bien, si sabemos ganarlo. El cielo de Santa teresa, quiero decir, este cielo:


No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido…

(Perdón por haber dicho antes mi copla, que los versos de Santa Teresa). La charla me fue naciendo así.
¿A qué altura está el cielo? ¿Dónde empieza? Si te lo pregunta un niño contéstale que el cielo comienza ahí nomás, donde sus ojitos empiezan a verlo. Hay que recordar que los niños tienen siempre el cielo más cerca que los grandes. Aunque sus ojos lo vean más alto.
Y más celeste. Y más de ellos.
-Quiero tocar el cielo- decía un chiquito.
Alguien que lo escuchó el deseo lo llevó hasta la orilla de una laguna que estaba cerca. Señalándole esa agua quieta que espejaba el cielo, le dijo: “Tócalo… “El niño metió su manito en el agua y los círculos que hizo el agua le borraron el cielo. Qué pena la del niño que creyó tocar el cielo con sus manitos. Qué pena la del hombre que cree tocar el cielo con las manos.
Menos mal que a veces el agua se aquieta y vuelve a reflejar al cielo. A veces, claro, a veces… cuando la vida no nos enturbia los ojos, o el alma.

Ya viene a verte, mi cielo,
Ya viene mi corazón.
Amor perfumado el aire,
Ya viene con una flor.

Cuánto cielo en ocasiones ¿no? Cielo en la canción, cielo arriba, en lo alto, cielo en el agua quieta: cielo en los ojos de una mujer querida… Claro que no siempre se da tanto cielo junto. Justamente por eso es más lindo el cielo.
Porque muchas veces muchas, muchas veces sucede que hay nubarrones que lo tapan. ¿O me equivoco?






LAS LÁGRIMAS CONSUELO
DEL DESCONSOLADO.

-Y yo me puse a llorar como un chico…
Lo miré al que hablaba. Tendría unos 50 años.
“me puse a llorar como un chico” –dijo. Y a mi me pareció bien. Me pareció bien que fuera capaz todavía de llorar como un chico. Era la mejor prueba de que todavía le quedaba algo del niño que fue. Por otra parte, ¿qué sería del hombre si no fuera capaz de llorar alguna vez?
Las lágrimas que son lloradas nos quedan doliendo adentro. El llanto es el desahogote la desesperación, el consuelo del desconsolado. Por eso, si Dios tiene que darnos una pena, que nos dé también el llanto para llorarla.
-Tengo una angustia que me pondría a llorar a gritos.
“Me pondría a llorar a gritos”. “me pondría”, claro, porque también es cierto eso: no llora el que quiere, sino el que puede. Hay veces que el frustrado llanto se queda en angustioso ahogo, sin lágrimas.
Ignoro cuál es el mecanismo de las lágrimas, ignoro mediante qué fenómeno físico se producen, quiero decir. Pero que son una bendición cuando a uno lo enloquece el dolor, de eso no hay duda. Quien ha llorado de veras, lo sabe.
¿Nunca besaste la sal de las lágrimas en un rostro querido? ¿Qué diferente a los otros besos ese beso con lágrimas ¿no? Es natural, porque si aún se ven lágrimas en ese rostro besado, es porque hubo un reciente dolor, o un desencuentro o una injusticia, y el beso está pidiendo perdón por esas lágrimas. O se está condoliendo, o está siendo el feliz motivo de una sonrisa que aparece entre lágrimas.
¿Que hermosa es esa sonrisa entre lágrimas, cierto? Es como el sol brillando entre las últimas gotas de lluvia. ¿Mereciste alguna vez una sonrisa así, vos que sos hombre?
Un día de estos voy a escribir un poema a la sonrisa entre lágrimas de una mujer. No importa cual mujer. El poema no dirá el nombre de ella. Así cada hombre que lo lea o lo escuche, le podrá poner el nombre que quiera, el rostro que quiera. No. Decididamente no. No le voy a poner nombre. Porque así es también posible que una mujer lo lea, piense que es para ella y se sonría, entre lágrimas. ¿O me equivoco?





DECI Y DECIR CANTANDO.

Una muchacha canta. Un niño juega. Un hombre grita. Una mujer sonría. Un anciano quiere recordar algo y no puede. Otro hombre maldice. Una madre sueña. Un enardecido mata. Alguien llora junto a alguien que ya no escucha. Alguien corre. Yo hablo. Todo en el mismo instante: ahora. Todo en el mismo lugar del mundo. Cada uno haciendo lo suyo. O lo ajeno, por encargo, o por obligación. O por su gusto, o por un impulso que no puede manejar. Y el mundo anda siempre. “el mundo sigue andando”, nos repite Gardel. Y él, Gardel-vencedor del tiempo y el olvido de la muerte -, él, sigue cantando.
Para que los otros, los que hacen las distintas cosas que digo y tantas otras que no digo, sigan oyéndolo, y sepan que el mundo sigue andando aunque algunos ojos se hayan cerrando y que muchas cosas hechas por el hombre pasarán y se borrarán. Pero su canto no. Ni el canto de Gardel ni el de ningún otro que cante de veras. Porque hablar se puede hablar porque se tiene lengua, pero cantar- cantar de veras- se canta porque además de voz tiene alma.
Claro que el alma se puede poner también en lo que se dice. Pero no es lo mismo.
-Me gusta lo que usted dice porque cuando usted habla hay algo que…
No, no me digan que es lo mismo. Lean en cualquier revista la letra de una canción que escucharon con música, que escucharon alguna vez cantada y sean sinceros; díganme si la letra de esa canción no aparece más pobrecita así, leída en la revista, que cuando la sostenían la música y la voz del cantor. Cuando esa música y esa voz le daban sugestiones y ámbito.
- He escrito la música de una canción- me dijo una amiga el otro día- ¿por qué no me escribís la letra?
- Bueno, vamos a ver qué me dice tu música y trataré de decirlo yo con palabras. Pero tené en cuenta que soy yo más pobre que vos, yo no tengo más que palabras.

Me dijo que yo estaba equivocado, que las palabras pueden dar tanto como la música. Y que estaba segura de que mis versos no iban a desmerecer junto a su música. Puede ser. Y ojala sea así. Pero estoy seguro de que no. Las palabras están muy usadas ya, las usamos para hablar. En cambio la música no, la música es inédita. Además las palabras tienen idiomas que limitan la comprensión entre los hombres. La música es universal. ¿O me equivoco?





EL RECUERDO, ESE OLVIDADIZO.

Si el pueblo es el mismo. Casas más, casas menos, como dicen los hermanos. Abalos, tu pueblo es el mismo. Pero han pasado diez años y diez años en la vida de quien como vos tiene ahora recién 23años, en mucho tiempo. Mucho tiempo para vos, no para el pueblo que, en lo esencial, sigue siendo igual. Pero para un muchacho esos diez años que van desde los trece a los veintitrés son un mundo. O, mejor dicho, son una etapa a través de la cual el mundo se va convirtiendo en otro mundo.
Tal vez no te des cuanta de ese cambio que se ha ido operando en tu sensibilidad, pero podés estar seguro de que ha cambiando, tu mundo interior tampoco es el mismo, ni es la misma tu visión de las cosas. Es en el árbol joven en el que se nota más el cambio, no cuando el árbol empieza a ser lo que será ya durante mucho tiempo. Pregúntale por gusto, a alguien que no se haya movido despueblo y verás cómo para él no ha cambiado tanto. Porque lo ve todos los días y los cambios se van produciendo muy lentamente. Pasa como con la cara de uno en el espejo. Como se la ve todos los días no nota la variación hasta que se ve en una fotografía escolar y uno mismo se ríe de la cara de panfilito que tenía en aquella época del guardapolvo blanco.
“Mi pueblo no es el mismo de hace diez años”.
Claro que en algunos aspectos tenés razón. En la oficina del Registro Civil se han labrado unas cuantas actas de defunción es estos diez años. Y muchos se fueron del pueblo, como vos. Y otros que entonces no estaban, fueron llegando después. Y los que tenían trece años en aquella época también tienen ahora veintitrés. Y tampoco ellos con diez años más, son los mismos. Pero el pueblo, sí. Lo esencial del pueblo, sí. Y si en vez de hacerle una visita de un par de días como me decís, te pasas un mes en el pueblo, verás que tengo razón. Y que tu pueblo, en el fondo, sigue siendo el mismo. Con algunos cambios; claro. Diez años en tu ida y tu edad, son muchos años. Pero no son tantos en la vida de un pueblo. ¿O me equivoco?





LA SINCERIDAD Y LO OTRO

Ayer, recibí carta de un amigo del que hacía tiempo no tenía noticias. Y fue como escucharlo hablar de él, como verlo conversando.
La verdad es que un cambio de cartas entre dos amigos puede equivaler a una conversación. Digo entre amigos, porque cuando las cartas se cruzan entre dos personas que no se conocen o que se han visto sólo de paso alguna vez, pueden o no ser un reflejo fiel de sus sentimientos. Sobre todo porque entre una carta y una conversación- cuando no se trata de amigos- hay diferencia. La diferencia entre una carta y una conversación mano a mano reside fundamentalmente en que la carta da más tiempo para pensar a quien la escribe que una charla personal. Y además, el que escribe la carta no muestra sus ojos. Dos ventajas muy importantes: el tiempo para pensar antes lo que se va a decir o- en este caso- escribir, y el no tener que mirar convierte así en lector nomás. Ventajas, claro, para el fallito, para el que no dice en la carta la verdad de las cosas o de sus sentimientos. Por eso empecé diciendo recién que un cambio de cartas entre dos amigos, puede, sí, equivaler a una conversación. Porque entre amigos no hace falta mirarse a los ojos para saber la medida de la sinceridad con que nace cada palabra.
La conversación telefónica tiene también algo de la carta ya que, por lo menos hasta ahora, no le vemos la cara al que nos habla. Y hay gente que maneja muy bien su voz y le da así a las palabras una aparente sinceridad y matices que en una de esas sus ojos no comparten. Es más fácil simular una emoción por teléfono que personalmente. La voz, como digo, es más manejable que los ojos. Aunque hay quien domina tan bien el arte de la simulación que hasta su mirada entra en juego.
- Pero che… Tan buen tipo que parecía.
Quien iba a decir…
Sí, que parecía. Pero más que buen tipo, resultó ser un buen autor. Un hombre al que no se le notaban la voz ni la mirada de la falsía.
El fallito perfecto.
Uno, claro, a mentido también muchas veces en la vida. Por necesidad o por salvar a alguien. Lo que uno no sabe es si su propia mentira ha sido bien simulada por sus ojos o si mintió de gusto, ya que los demás lo estaban sobrando. Puede que Dios le perdone a uno sus mentiras porque en realidad no han sido tantas y porque no fueron dicha con mala intención.
Claro que eso lo piensa uno, que fue el que mintió. En una de esas, si entras a excavar, las mentiras no fueron tan inocentes y desinteresadas como le parecieron a uno, que fue el que las dijo. ¿O me equivoco?







EL DIA DIA Y LA NOCHE NOCHE

Hace unos días me levanté temprano y vi salir el sol. No acá en la ciudad, en el campo. En plena llanura bonaerense. Mientras tomaba unos amargos lo fui viendo alzarse como si naciera de la tierra. Y fue como si alguien me dijera: “aquí tenés el nuevo día. Inauguralo”.
Esa fue la sensación. La de estar inaugurando toda la luz del mundo. Una sensación de hombre ya habituado a la ciudad y a amaneceres con el sol, que a pesar de estar alto ya por la hora, está medio escondido todavía tras doce o quince pisos de departamentos. Una sensación de pajeruano en sus propios pagos. Pero una deslumbrante sensación. ¿Vos has visto algunos amaneceres en el campo, en la llanura?
Pero amaneceres de hombre recién salido de la cama, no de hombre que ha amanecido por ahí y recién viene a acostarse.
¿Qué si no es lo mismo? Claro que no, qué va a ser lo mismo. Al despertar del campo- ese despertar de cielo y tierra- hay que mirarlo con ojos limpios y descansados si querés saber de veras como es. De lo contrario, esos rosados, esos oros, esos celestes del amanecer, pierden brillo, pierden esa recién nacida luminosidad. O, mejor dicho, el que se pierde ese brillo, esa gloria del cielo sos vos, que andas sin dormir. Y con los ojos todavía llenos de imágenes trasnochadas.
Entiendo a los noctámbulos, a los amigos de la noche y en algunas épocas también lo fui, aunque sin mucha convicción. Volver para acostarse cuando ya está por amanecer me da la sensación de que es de un fraude que le hago a la vida. No es que yo piense como aquel fiacún que decía “la noche se ha hecho para dormir y el día…, hermano, el día para descansar”. No. Pero por algo la naturaleza nos dio la luz durante las horas del día y la sombra en tanto duren las horas de la noche.
Anda a buscar un gorrión trasnochador, a ver si lo encontrás. Y fijate que todos los animales- con excepción de alguna lechuza malagorera o algún gato enamorado- duermen de noche. El hombre es de los que más andan en quehaceres nocturnos y no siempre muy recomendables que digamos… Él, con tal de llevar la contra, inventó la trasnoche en los cines, el servicio nocturno, los serenos y los ladrones.
Aunque estos últimos ya no tienen horario de servicio y han entrado a trabajar a cualquier hora. No, viejo. El día, día y la noche, noche.
En último caso, me quedo con lo que decía el haragán aquel: “lo mejor para el cuerpo es dormir de noche y descansar de día…” ¿O me equivoco?




VESTIME DESPACIO
QUE ESTOY APURADO.

-¿Qué hora es?... ¡Las diez y curato! Y todavía no ha hecho nada…
Generalmente, cuando ha uno le parece que es tarde es, justamente, cuando todavía no ha hecho nada. Es eso, el no haber hecho nada, lo que le hace parecer qué tarde es ya. Y es también entonces cuando las cosas empiezan a salirle al revés. Y a hacerle perder más tiempo.
No porque salgan porque sí al revés sino porque al querer hacerlas más rápido le salen patas arriba. Pero uno le echa la culpa a las cosas y no al apuro con que las quiere hacer.
Como si las cosas inanimadas tuvieran voluntad propia e hicieran lo que se les da la gana.
-¡Justo hoy estoy más apurada se me viene a atrancar el lavarropas!
Aquí sí entra a tener un poco de culpa el lavarropas, al que le atrancaron las paletas.
No te lo discuto. Pero seguro que si en vez de ser hoy, el inconveniente se hubiera producido pasado mañana o cualquier otro día, lo mismo le hubiera parecido a la señora que al lavarropas se le había dado por descomponerse justo ese día que ella estaba tan apurada. Lo que pasa es que cada imprevisto, cada inconveniente dentro del quehacer ya planeado, nos desorganiza las cosas y claro- entre el consecuente nerviosismo y el apuro por ponernos a mano con el tiempo perdido- no es raro que sin querer hagamos añicos una copa o nos perdamos otros minutos buscando el portafolios que ya tenemos bajo el brazo. El apuro es el mejor aliado en eso de hacernos perder tiempo cuando más lo necesitamos.
Cuentan que Napoleón Bonaparte solía decir a su ayuda de cámara: “Vestime despacio que estoy apurado”
Miren lo que pasa- o parece pasar- con el colectivo. Siempre que estás más apurado el colectivo tarda en llegar. Y no. Siempre, no. Alguna vez que no estás tan apurado, también. Pero como no estás tan apurado, no te das cuenta. Ni te importa. Pero es cierto también y a pesar de lo que acabo de decir, que hay días en que de veras parece que uno se hubiera levantado con el paso cambiado y todo le sale al revés. Y las cosas que uno busca empiezan a esconderse. Debe haber sido en alguno de esos días cuado a alguien de carácter tranquilo se le ocurrió filosóficamente aquello, conformista y esperanzado, de “Y… bueno…, mañana será otro día”. ¿O me equivoco?











CADA CUAL ES DUEÑO
DE SU CORAJE.


En cada esquina de la vida puede haber una posibilidad. En cada esquina de la vida puede haber también- claro- una adversidad. La ventaja la lleva aquel que tiene los ojos abiertos para ver la posibilidad y estar preparado, a la vez, para no aflojar- dentro de lo humanamente posible- frente a la adversidad. No es fácil. Ni lo uno ni lo otro. Y menos antes las dos cosas a la vez. Porque están los predispuestos a aprovechar las coyunturas favorables pero aflojan ante la primera alita en contra. Y están las capaces de hacerles pie firme a lo que viene al revés, pero que no saben aprovechar las oportunidades que les ofrece el destino.
Los triunfadores, los verdaderos triunfadores, son generalmente los primeros. Los capaces de gambetear las malas y aprovechar las buenas. Aparentemente esto último es lo más fácil.
Pero sólo aparentemente, ya que el hombre al verse favorecido por el destino suele perder el equilibrio y empieza como a sentirse dueño del mundo. Por eso aprovechar las buenas puede ser tan difícil como esquivar las malas. En las buenas es cuando el hombre comienza a sentirse superior a si mismo y por eso, dueño de sus éxitos. Y ahí es donde le chinga porque en esta vida nadie es dueño seguro de nada. Ni de su propia vida. Es un juego bravo la vida y hay que jugarlo, lo quieras o no. No hay escapatoria. No. Ni matándome, ya que renunciar a la vida, es también una manera de perder.
Tal vez la más fea manera de perder. Pero en ese juego no me meto a opinar, porque quien no se encontró en esa encrucijada no sabe como son las cosas a esa altura del partido. Cuando de elegir entre la vida y la muerte se trata, el que la juega es el que sabe por qué lo hace, no el que lo mira desde la vereda de enfrente.
-Y… entregarse es una cobardía…
Sí, puede ser. Pero nadie tiene la culpa de la medida de la cobardía ni el mérito de la medida de coraje que la vida le dio.
No soy de los más corajudos. Pero si alguna vez- cuando fue necesario o no lo pude evitar- tuve que usar todo el coraje de que soy capaz y lo use, ya cumplí tanto como el otro que teniendo de nacimiento más coraje que yo, se la jugó por eso mismo más que yo.
Midas un metro noventa de estatura o no sobrepases el uno sesenta, no tienes ni mérito, ni culpa. Nadie se hizo a sí mismo. Por más que hay algunos que digan que se hicieron solos. ¿O me equivoco?





CUENTAS, CUENTOS Y
OTRAS DEUDAS.

Hay palabras que parecen querer decir una cosa, pero no. Dicen otra. Por ejemplo: cuentero no es el que lleva las cuentas sino el que lleva los cuentos. Y contador no es el que anda con cuentos sino el que anda por las cuentas.
Las cuentas de contabilidad. Porque también hay otros que llevan cuentas, pero esos se llaman collares. Y complican a otras cuentas. Las cuentas del que tiene que pagarlos. También se llaman contadores esos aparatitos con bolas de colores con lo que se enseña a contar a los niños. Pero son mentiras. Ellos, los aparatitos, no son contadores sino los que cuentan con ellos. En consecuencia eso de contadores viene a ser un cuento. Bueno, pero eso no viene a cuento.
Volviendo a las cuentas de los collares, el parecido entre ésas y las cuentas de deber es que las dos hay que pagarlas. A plazo o sin ellos.
Frente a esas cuentas no podés andar con cuentos. Aunque seas cuentista. Otra cosa que no es lo mismo, ¿ve? Cuentista y cuentero. Por más que los dos necesiten imaginación para crear sus respectivos cuentos.
Las cuentas no son las señoras de los cuentos. Pero suelen andar juntos. Ejemplo: cuando no tenés con qué pagar una cuenta, tenés que inventar un cuento para no pagarla. En una época yo, pensaba que pagar venia de pago, es decir, del pueblo de uno. Hasta que alguien que me vino a cobrar me explicó que este pago no servía para aquel pago. Y que por más que yo le ofreciera mi pago al acreedor seguía quedando en deuda si no le daba los pesos. Con lo cual se demuestra que el que paga lo que debe, no solo se quita un peso de encima sino que se saca también unos pesos.
Una cosa muy elogiada es esa de “cumplir con su deber”. Bueno, para el que debe, cumplir con su deber, es decir cumplir con lo que debe, es serle fiel a lo que debe, fiel a su deuda.
Entonces, cumplir con su deber es no pagar.
Pero no. Parece que no es así. Te dicen que cumplir con tu deber es pagar. Y yo no lo entiendo. Cumplir con algo es serle fiel y si yo pago mi deber, no le soy fiel puesto que al pagar lo liquido.
Saldo es lo que uno tiene a favor o en contra.
Pero una liquidación de saldos si a tu señora se le ocurre ir a la tienda puede convertirse en una liquidación de saldos en tu chequera.
Bueno, ¿pero cuánto tiempo queda aquí a mi favor todavía? ¡Cómo nada! ¿Ya lo invertí todo? Bien, me voy entonces. Para no quedar con un saldo en contra ¿O me equivoco?






TANTAS PALABRAS DICHAS

Un hombre frente a un micrófono, un ratito cada día durante más de treinta años. Pavada de responsabilidad. Tantas palabras dichas, tantas palabras puestas en alas del viento.
Tanto tiempo diciendo cosas y tantas cosas sin decir. El hombre y su quehacer, el hombre y su alrededor, el hombre y su destino.
¡Qué inagotable manantial de cosas! Y qué pequeño frente a ellas un hombre y su micrófono. Por más que el micrófono sea el multiplicador de su afán y de su consecuente decir.
“Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”, dice el aforismo.
Puede ser. Siempre que el entierro no pase por la otra calle, como les decía vez pasada, o no se te ocurra a vos morirte antes. Pero en vez de sentarte a la puerta de tu casa a ver pasar el entierro de tu finado enemigo, ¿no sería mejor sentarte a ver pasar la vida? ¿O meterte en ella? Wimpi, el más grande charlista que hay tenido la radiofonía argentina, tenía una audición de charlas tituladas “ventana a la calle”. Y mirando desde esa ventana, ver pasar el entierro de su enemigo. Desde esa famosa “ventana a la calle”, sembró palabras como quien siembra trigales. Y cosechó. Caramba, si cosechó. Y todavía sigue cosechando desde sus libros. Y a través de otros diversos medios de comunicación.
Con monedas de cielo se lo han dado de estar pagando.
Y uno también se pone a hablar acá. No porque una crea que es memorable lo que dice, sino porque hay tantas cosas sin decir. Y que no están de más que sean dichas, a la manera de cada uno. Y en la medida en que cada uno puede hacerlo. Que es lo que trato de lograr a través de tantos micrófonos desde hace más de treinta años. Dios mío. A uno le han dado durante tanto tiempo la oportunidad y los cinco minutos. Y que sé yo…. A veces a uno se le da por pensar que algún día puede tener que enfrentarse con alguien- no alguien de la radio-, Alguien que lo interrogue a uno inexorablemente: ¿qué hiciste durante tantos miles de cinco minutos que te di para hablar con la gente? Y que uno tuviera que agachar la cabeza y decir: No sé, Señor. Sería fulero, ¿no? Y digo así: “fulero”, para que la palabra popular alivie el tono de esta charla que seiba poniendo demasiado seria ya. ¿O me equivoco?







RESPETO, NO SERVILISMO.

Cada uno tiene un concepto formado sobre sí mismo, tanto en lo físico como en lo espiritual. Uno cree saber cómo es por fuera y por dentro. ¿Qué pasaría si uno, de pronto, se vieron como los otros lo ven a uno? Seguramente se llevaría una sorpresa. Y no me refiero sólo a eso de que uno casi siempre se ve un poquito más lindo que lo que es – más lindo por fuera y más lindo por dentro- sino a que debe ser muy difícil que la impresión que uno tiene de sí mismo concuerde con la imagen que los demás tiene de uno.
Por otra parte, no todos lo ven a uno con los mismos ojos ni de la misma manera. Ni tampoco uno se comporta de igual modo frente a todos. Quieras que no, vos no sos el mismo frente al gerente que frente al cadete. Aunque seas un buen tipo y te digas a vos mismo que nadie se merece menos respeto que esotro.
El “señor Gerente” con que te dirigís al gerente y el “che pibe” con que lo llamas al cadete, están marcando la diferencia de ubicación de cada uno de ellos en el escenario de la vida.
Por más perfecto que pongas en ese “che pibe”.
Es que la vida va ordenando- justa o injustamente- la ubicación de la gente. Y vos necesitas vivir. Y si tenés familia a tu cargo, con más razón. Y sabes que el puchero de ellos depende mucho más del gerente que del cadete.
No será justo que vos tengas que recordarlo a cada rato, pero es así. Sin exagerar las cosas tampoco. Porque un hombre tiene que ser él mismo frente a quien sea. O deja de ser hombre, para convertirse en un acomodado o en un servil.
Además de la manera en cierto modo interesada de distinguir a la gente, existe algo que se llama personalidad y hace que cada uno se diferencie a tus ojos y su presencia sea para vos cordial, o amistosa, o respetable, o rechazante.
Eso que hace que un tipo no te caiga en gracia y que otros menos graciosos y aparentemente menos simpático, despierte en vos un sentimiento amistosos. Hay un paralelismo, una afinidad espontánea e imprevisible de los que nacen las grandes amistades. Y en otro orden de cosas y de sexos, los grandes amores. No sé cómo explica la ciencia estas cosas. Seguramente la psicología tendrá su versión al respecto. Yo me limito a pensar que eso de que dos hombres que no se conocían lleguen a quererse con el tiempo como hermanos, o que un hombre y una mujer sientan esa atracción mutua que llamamos amor, es sencillamente maravilloso. Y que es lo que hace hermosa la vida. Y la justifica, además. ¿O me equivoco?






DEJAR EL PROBLEMA
EN LA PUERTA.

En realidad él no estuvo bien. Es mi amigo pero tengo que reconocerlo. De llegada nomás no estuvo bien. No le habló cariñosamente.
No. Le dijo casi con acritud lo que le dijo. Y ella le contestó: _”Bueno, querido”. Ella sí con suavidad. Como antes. Como siempre.
Yo, que los quiero mucho a los dos y tengo la suficiente confianza, cuando salimos con él a la calle le pregunté:
-¿Qué te pasa con maría Esther?
-¡Nada! ¿Qué me va a pasar?
Me respondió con cierta sorpresa. Después agregó, como justificándose:
-Es que con los problemas del trabajo y las cosas que salen al revés hay veces que uno anda nervioso y dice las cosas como no debiera decirlas. Después uno se arrepiente, pero…
-Sí, uno dice las cosas y se arrepiente- repetí yo.
-Pobre María Esther. Me tiene una paciencia…
Sí. Pobres Marías Esther o como se llamen las esposas de los maridos apurados y nerviosos que habemos. Pobre ellas que reciben el rebote de nuestras luchas y preocupaciones de todos los días, como si ellas tuvieran la culpa.
Lo miré a mi amigo que ahora caminaba callado a mi lado.
-No sos vos solo- le dije-. Casi todos llegamos a casa con la carga de todo un día de trajín y a esa carga no la dejamos en la puerta de calle. Y nuestras mujeres, que tal vez no estaban esperando con una sonrisa, ven en nuestra cara esa carga de problemas y… no hay derecho, viejo. No hay derecho. Es así.
No somos capaces de descargarnos de ansiedades y problemas y entrar a casa con la sonrisa con que nos esperaban. Qué vamos hacer. No hagamos nada con decirles a ellas que estamos preocupados y por qué estamos preocupados. Aunque viéndolo bien, no sé si no ganamos nada. No sé.
Si te ha tocado una compañera comprensiva, vos sentís, aunque ella no te diga nada, que está junto a vos en lo que te preocupa. Es más. Si aunque no le digamos nada nos adivinan.
¿por qué crees que nos tiene tanta paciencia a veces, sino ¿Por nuestra cara bonita? Mira, viejo, si te ha tocado una compañera así, dale las gracias a Dios. Y metele para delante. Por ella, por los hijos, si lo tenes. Y por vos mismo. Las cosas no siempre son fáciles en la vida pero el tener alguien por quien hacerlas, lo empuja a uno. Como esa sonrisa con que nos reciben en casa y que a veces casi no merecemos.
Es así como te lo digo. ¿O me equivoco?





LO QUE PASAMOS
SOMOS NOSOTROS.

-Che, ¿Cómo se va el tiempo, eh?
No sería extraño que yo hubiera empezado ya otra charla con estas mismas palabras. No sería extraño, ya que todos los días lo decidimos.
“Viejo, cómo se pasa el tiempo” y empezamos a apurarnos, empezamos a correr para ganarle el tiempo. Porque a veces no nos damos cuenta de que no es el tiempo el que pasa. Que lo que pasamos somos nosotros. El tiempo no pasa. Ni se va. Al tiempo lo perdemos muchas veces, que no es lo mismo. Y aún sin perderlo, lo gastamos en cosas sin importancia fundamental, sin mayor trascendencia, pero que son inevitables. Sí, inevitables. No vas a salir a la calle sin prenderte los pantalones por ahorrarte diez segundos. Y así pasa con muchas cosas. Atarte los cordones de los zapatos (si no usas mocasines o alpargatas) no es un gran trabajo, pero por ahí te lleva dos minutos. Sacudirte las miguitas después de tomar el café con leche y medialunas, ponele otro medio minuto.
Y hay que sacarle el papelito a los terrones del azúcar. Y hay que encender el cigarrillo. Y hay que sacar la plata para pagar el café-porque no te vas hacer el piolín y te vas a ir sin pagar. Y el mozo te dice>: “¿No tienes más chico, por favor, señor?” y tenés que revolver los bolsillos para ver si te queda cambio. Y… (No, no te rías. Anda sumando segundos y vas a ver las horas al año que te dan esos segundos)
Y hay que echarle una ojeada a las revistas del kiosco. Y hay que esperar porque el ascensor se le fue en las narices a uno. Y hay que decir: “¿Qué frío hoy, eh?” “¿Y qué me dice de boca?” y ahí tenés un tema para rato. Y hay que atender una llamada equivocada. O una llamada que no nos interesa y nos da la lata. Y preguntarle cómo le va a un tipo del que maldito lo que nos interesa saber cómo le va. Y así vivimos. O no vivimos. Transitamos. Por encimita de las cosas nomás. Como si no nos importaran. Sin tiempo para adentrarnos en ellas. Y hay cosas que importan. Pero se entreveran con las que no.
-Fijate vos, compré el diario hoy temprano y no le he tenido tiempo para leerlo todavía.
Ni lo vas a leer. Alguna ojeada al partido, cuando más. O una ojeada a esa pebeta que…
(¿Por qué dejarán andar sueltos por la calle ojos y cuerpos como ésos cuando uno está apurado?). Y además hay que… bueno, qué sé yo. Nos inventamos tantas cosas que hacer. O no las impone el ritmo de vida a que hemos llegado. Una vida que impide vivirla como quieras.
-che, ¡Cómo se va el tiempo!
Dale con que se va. Te digo que no. Que lo que nos vamos somos nosotros. ¿O me equivoco?





ESTA AVENTURA DE VIVIR.

-¿Dónde vive usted, Ferreira?
-Y… vivo en todas partes.
-Cómo, ¿en todas partes?
-Sí, señor. En todas partes.
-Pero dígame: si le mandan una carta, ¿También se la mandan a todas partes?
-Ah, entonces usted quería decir dónde me domicilio.
-Y bueno… Donde vive o donde se domicilia, ¿no es lo mismo?
-Y, mire… no. A mí me parece que no, por lo menos. A donde yo me domicilio me envían las cartas, llega el diariero, me van a visitar. Aunque yo no esté allí en ese momento.
Pero si lo que usted me pregunta es dónde vivo, entonces yo le contesto que en todas partes, y creo que tengo razón. Ahora estoy aquí en la radio, hablando con usted. Y estoy viviendo.
¿o no? Entonces ahora vivo en la radio. Estoy viviendo acá este momento mío. Dentro de unos minutos viviré en la calle. Viviré andando. A mediodía estaré en mi casa y entonces sí-¿ve?-, entonces viviré en mi casa. Y esta noche en casa de un amigo que me invitó a cenar. Ya ve. Vivo donde esto; allí estoy viviendo ese tiempo. El tiempo que estoy allí.
Por eso digo que vivo en todas partes. Y usted también. Vivo donde estoy porque estoy vivo.
¿O no? Y tampoco esto de estar hablando es una prueba de que uno está totalmente vivo.
Hay quines piensan que están vivos y no.
Aunque hablen. Andan, deambulan por la vida, pero no están vivos. Una vez en el pueblo había un tipo así. Un día el hombre pasaba andando cansinamente, con esa cara de estar en ninguna parte. Yo estaba con un amigo, y éste me dice:
-Che… al tipo éste hay que avisarle que está muerto.
Y por ahí andaba la cosa
En cambio, hay gente a la que le da gusto verla moverse en la vida. Aprovechándola, sacándole todo lo bueno que se puede sacar de ella. Viviéndola.
-¿Usted dónde vive?
“Yo vivo donde estoy, señor-podría contestar este último- el que anda, se mueve, vive realmente. Y estoy seguro de estar vivo por eso. Porque vivo cada momento, tratando de compartir mi vida con la de los demás. Viendo lo que veo, oyendo lo que oigo. Lo bueno y lo malo. Y haciendo. Y eligiendo, si puedo” eso podría contestar el hombre. Porque estar vivo es participar. Estar vivo es confraternizar. Es compartir con los demás, que están vivos también, esta maravillosa y a veces difícil aventura de vivir. Yo creo que es así. Que la vida, para que sea vida, debe ser eso. ¿O me equivoco?










POBRE TIPO Y TIPO POBRE.

Un tipo tanto puede ser la forma y medida de algo, como puede ser la letra de una composición tipográfica o podemos ser vos o yo. Un tipo.
-Pero ¿Qué quedes con ese, che?... es un pobre tipo.
Una definición que cataloga, que ubica, que da un pobre medida de hombre. Una medida que abarca hasta su alma. Ser un pobre tipo no es lo mismo que ser un tipo pobre. Es peor.
Porque se puede ser un tipo pobre y no ser un pobre tipo. Y se puede ser un tipo con mucha plata y ser un pobre tipo. El tipo pobre puede llegar a tener plata un día y dejar de ser un tipo pobre. El pobre tipo, con plata o sin ella, lo seguirá siendo nomás. Nació así. Pobre tipo.
Como se nace rubio, narigón o patizambo.
Cunado se es un pobre tipo se es desde adentro. Y para toda la vida. Y no hay academia que lo saque de esa desdichada condición. Le podrán dar un titulo, pero detrás del titulo y de la chapa en la puerta seguirá siendo el mismo pobre tipo.
El mismo razonamiento cabe para un gran tipo y un tipo grande. Que tampoco es lo mismo. Porque no todo es cuestión de estatura.
Un petizo puede ser un gran tipo y un tipo grande puede ser una porquería. Y no es que me este tirando contra los tipos grandes, porque yo lo soy, soy un tipo grande. De lo que no se si habrá pruebas es de que yo sea un gran tipo.
El tamaño que da la verdadera medida del hambre es un tamaño interior. No de kilos. Ni de centímetros. Ni de libretas de cheques
También esta el que es un rico tipo y que tampoco tiene nada que ver con ser un tipo rico. A veces es justamente lo contrario. Que le digan a uno que es un rico tipo puede que alguna ves sea un elogio y otras veces no.
Porque un rico tipo puede ser alguien mas bien gracioso, pero puede ser también tirando a sinvergüenza. Que también los hay.
-que rico tipo que sos vos también ¿eh?
Entre uno de esos ricos tipos un pobre tipo quédate con el pobre tipo. Generalmente es más inofensivo. Pero si podes, no te quedes con ninguno de los dos.
Estábamos en que un tipo pobre podía convertirse en un tipo rico. Lógico. Y desde ese momento –desde el momento en que el destino lo convierte en tipo rico –no tendrá necesidad de decir más aquello de “pobre pero honrado”, como acostumbraban a decir los pobres.
O como dicen los otros de los pobres. O “pobre por honrado”, como dice Dalmiro Sáenz. Pero entonces el que se vuelve un tipo rico –rico con plata-¿no tendría que aclarar también” rico pero honrado”?. Digo yo. ¿O me equivoco?





MEMORIA Y DESMEMORIA

Se llamaba Zamorca Bueno, exactamente Zamorca, no. Pero yo lo nombro así, Zamorca, porque era de mi pueblo y como ya debe haber mucho que lo recuerden todavía, no quiero que nadie se ofenda o crea que me estoy burlando de el.
Al padre de este Zamorca nunca lo conocí fresco. No se como seria sin un par de litrones adentro si es que alguna vez alguien lo vio así.
El hijo era un lindo muchacho, un poco simple, eso si, pero buenazo. Y sin herencia por el lado del vino. Una vez le preguntaron a el, al hijo:
-decirme, che Zamorca. ¿Tu mama vive todavía?
-y, no…-contesto -. Mi mama murió muchos años ante que yo naciera.
Pobre Zamorca. Todavía no se había enterado de eso de los nueve meces. Quien sabe que habrá sido su vida. Si no hubiera sido por la chingada esa en lo del nacimiento, no se si me acordaría de el.
La memoria de uno tiene eso. Se agarra de cualquier cosa cuando no quiere olvidarse. Y así anda por la vida uno muchas veces: haciéndose acopio de cosas que no le sirven para nada y olvidándose de otras que tal ves le convendría recordar. Pero la memoria es algo que uno no puede manejar a su gusto. Ah, si no fuera así, la de recuerdo que habría tachado uno y la de secesos lindos que andaría recordando siempre…
-Ando medio desmemoriado-dice uno-.
Porque suele pasar. Pero a esa desmemoria- que curiosa- tiene siempre que ver con las cosas inmediatas, no con los recuerdos del pasado. Es curioso, como digo, como uno puede andar desmemoriado, olvidándose de cosas que hizo ayer y de otras que tenia que hacer hoy, pero no se olvida de lo que paso hace año. Es como si lo ya se hizo memoria en el recuerdo o el corazón del hombre fuera indestructible, y los sucesos inmediatos, los que todavía no ganaron esa categoría, pudieran írsenos cayendo de la memoria, apenas sucedieron. Claro que a través de los años el hombre va perdiendo algunos de sus recuerdos, sin darse cuenta. Será para dejar lugar en la memoria a otras cosas con las que la vida nos va golpeando o acariciando. Hay muchas cosas que uno no puede elegir en la vida.
O, aunque las puede elegir, no puede ser dueño de ellas. Una de esas cosas son justamente los recuerdos. En ocasiones se van con el pasado y en ocasiones que se quedan con nosotros como si el pasado no hubiera pasado. Los buenos y los tristes recuerdos. ¿O me equivoco






DON CECILIO TENIA RAZON

-Mira mi hijo-me dijo una vez don Cecilio Lezcano, un viejo criollo de mi pueblo- la naturaleza sabe lo que hace. Si te pones a ver, los que no sabemos casi nada somos nosotros. Y tras otro trago de vino agrego: alguna ves sabremos para que ha hecho dios a las moscas.
Me reí. Pero no me olvide de lo que me dijo.
Y más de una ves he pensado que Don Cecilio tenía razón. Aunque todavía sigamos no sabiendo para que han nacido hechas las moscas. Porque es verdad, la naturaleza tendrá a veces sus fallas, pero sabe lo que hace. Y miren que hace cosas, ¿eh? Cordilleras, rubíes, pejerreyes, ombúes, mariposas, azucenas, cóndores, perejiles, reinas de belleza… Claro, hay veces que la naturaleza se distrae como cualquier señora en la cocina, se le entremezclan los ingredientes y la torta no le sale de acuerdo a la receta. Entonces, cuando la naturaleza se equivoca es cuando aparece el pollito con tres patas, el hombre con un ojo castaño y otro celeste o la mujer barbuda del circo. Pero si alguna ves se equivoca, hay que perdonarla. La naturaleza no descansa nunca.
-¿Cómo no, Ferreira? Y es invierno ¿no descansa?
Aja, eso te crees vos. ¿Quién prepara en invierno los millones de espigas, los millones de potrillitas, los millones de pájaros, los millones de flores para llenar la vida nueva a la tierra en primavera y en verano? ¿O te crees que a todo eso la naturaleza lo compra hecho? Y en cuanto a los errores, no siempre tiene la culpa la naturaleza. Conocí a un tipo bastante narigón que se casó con una mujer a la que tampoco le habían mezquinado nariz. Y después se quejaba porque el pibe había salido con la nariz grande en la foto…
Entre las veces en que la chambonea él por su cuenta y las veces en que no le entiende a la naturaleza, el ser humano se hace cada lío. Un día descubrió que del maracure, un árbol tropical, se podía extraer el curare, un poderosísimo veneno. Y empezó a usarlo para envenenar sus flechas. Después de muchos años recién se dio cuenta de que el curare tratado de determinado modo, podía ser un valioso auxiliar de la medicina, un salvador de vidas.
Descubrió el veneno, pensó que la naturaleza era mala y no sabía que ella le estaba dando un remedio. Y además, sabiendo cómo es de chambón y descuidado el hombre, le dio también el cromo y el bromo, contravenenos para el curare. Hay unas cuantas cositas que hemos ido aprendiendo a través de los siglos, pero nos quedan unas cuantas más por aprender todavía. Tenía razón don Cecilio: algún día sabemos para qué hizo Dios a las moscas. ¿O me equivoco?





AL FINAL MUESTRAS LA HILACHA.

Bueno, malo, desinteresado, amarrete, autocontrolado, gritón, derecho o tirando a fallito… cada uno es como de nacimiento. Y un poco como uno se fue haciendo. No es cuestión de echarles todas las culpas a los viejos, tampoco. Cada cual ya nace con una predisposición para algo. Buena o mal la predisposición, pero para que se cumpla hay que ayudarla un poquito. No todos los santos llegaron a serlo solamente porque nacieron santos ni todos los asesinos lo fueron porque hubieran sido concebidos asesinos. Algo pusieron también de su parte serlo. Ayudaron a que su impulso congénito se realizara, para bien o para mal. Y con el impulso a veces de las circunstancias. De iguales sufrimientos o de iguales injusticias tanto puede salir un santo como un criminal. Cada uno es como es y, repito, como las circunstancias contribuyeron a que fuera. A favor o en contra, hasta llegar a ser lo que uno termina siendo. Aunque trate de aparentar lo que no es. Cosa que no le vale. O le vale por poco tiempo. Uno puede representar el papel de tipo descendente, pero si es sinvergüenza, en cuanto se descuidó mostró la hilacha. O se pasa en su papel de tipo fenómeno y los otros empiezan a desconfiar. Como en el cuento del lobo. En una de esas ustedes ya lo saben a ese cuento. No, ese del pastor que decía que venía el lobo era mentiras, no. Este que digo era un lobo que andaba a la pesca de algo rico para darse un banquete. Un día, desde lejos nomás, vio venir una majadita al cuidado de un pastor. Entonces al lobo se le ocurrió una idea. Para poder mezclarse con las ovejas y llevarse algún tierno corderito sin que el pastor desconfiara, se cubrió todo el cuerpo con harina.
Blanco el lobo. “Así el pastor no se va a dar cuenta”, pensó. Pero el pastor se dio cuenta. Iba el lobo enharinado relamiéndose por anticipado y muy tranquilo, muy seguro entre las ovejas, acercándose cada vez más a un inocente corderito, cuando un tremendo garrotazo dio con él en tierra.
Aturdido por el golpe y sin saber qué había pasado, se quedó unos instantes ahí, tendido.
Un ratito después el lobo, todo molido, abrió un ojo y vio al pastor que lo miraba sonriendo irónicamente.
-pero, ¿cómo te diste cuenta de que no era una oveja?- le preguntó el lobo.
-Y… estabas demasiado blanco-le contestó el pastor.
Lo que les decía. Se había pasado de decente. Se había pasado en el papel de oveja.
Se es lo que se es o no. Hay veces en que al borracho se le nota más que está borracho no porque camine haciendo ese, sino porque camina demasiado derecho. Si cada uno se limitara un día a ser lo que es, sin ningún disimulo, no sé si las cosas andarían mejor, pero seria muy divertido. Nos encontraríamos con cada lobo quitándose la harina… ¿O me equivoco?






NO TE OLVIDES LA PILDORITA

-Ando medio nervioso, no sé porqué. Pero me tomo una pildorita y chao…
¿Qué sería del hombre hoy sin las píldoras? Porqué mira que hay píldoras, ¿eh?. Rosadas, blancas, amarillas, roja, celeste, con una marquita al medio para tomar mitades cuando son muy fuertes y te puedan patear el hígado o alguna otra achura. Para cada cosita un pildorita. Y a veces dos. O más.
-¿Para qué tomás esas píldoras?
-son calmantes, querido. Sedantes. Pero a veces me paso ¿sabes? Por eso el médico me recetó otras píldoras estimulantes para que las calmantes no me calmen demasiado.
-¿así que tomás dos clases de pastillas?
-no. Qué dos. Tengo más. Tengo otras para que las sedantes y las estimulantes no me ataquen al hígado. Ah, y otras para cuando…
-¡la pipeta!-dijo yo. ¿Cuándo inventarán las píldoras para no tener que tomar píldoras?
En estos últimos tiempos han estado escaseando algunas píldoras. Bueno, ahí tenés, ¿ves?
A partir de ello no han aumentado el número de internados en sanatorios para enfermedades nerviosas, ni han amentado tampoco la cantidad de gente que nada hablando sola por la calle. De modo que no se entiende muy bien cómo es la cosa. ¿se fabrican sedantes y calmantes porque hay muchos tipos nerviosos o hay muchos tipos nerviosos porque se fabrican calmantes y sedantes? Qué se yo. El caso es que antes no había tantos comprimidos ni tantas especialidades farmacéuticas y la gente se moría lo mismo. “Lo mismo y más pronto –objetarás vos- ya que el prometido de vida actual es más alto que el de antes”. No, al contrario-te dirán-. La gente de antes vivía más.
Qué vas a comparar”
Y, claro: la gente vieja, la de antes, era y es la que había vivido muchos años ya. Bueno, pero ¿cómo saben que la gente de ahora, que lógicamente es joven todavía, va a vivir igual o menos que la que fue joven antes? La gente de ahora está todavía “meta vivir nomás”, tome o no tome vino de determinada marca. Meta vivir y meta comprimidos.
Bueno, termino porque ya son más de las diez y tengo que tomar una pastillita antes que me olvide. ¿Cómo dice? Ah, no. Sentir no siento nada, pero si no tomo aunque más no sea un sedante, me van a tener por anticuado ¿O me equivoco?





DIOS MIO…. ¡QUE TEMA!

“¿Es posible vivir sin Dios?” una preguntita que me hacen. Y una preguntita que se las trae ¿eh? Bueno, pero para empezar, ¿a qué dios se refiere usted, señora? Porque se refiere a determinado Dios no sabría qué responderle, ya que cada Dios tiene su razón de ser para quien cree en él. Pero si usted generaliza y me pregunta si un hombre puede vivir sin algún Dios, yo le diría que no. O más aún. Le diría que nadie vive sin un Dios, aunque crea no tenerlo. No tendrá un Dios católico, ni un Dios mahometano, ni protestante, ni budista, pero tendrá, seguro, alguna superstición. Y las supersticiones a veces se confunden con las religiones. Ejemplos de supersticiones: usted creerá-no, no creerá pero tendrá la esperanza- de que si hay sol las cosas le irán bien, aunque el sol no tenga nada que ver con sus cosas de ese día. O tendrá fe en su propio destino. Con lo que el destino se convierte en su Dios. O tendrá fe en su propia fuerza y la fuerza será su Dios. O pensará, como tantos, que el dinero es lo más importante porque el dinero abre puertas, compra conciencias, lleva al éxito. O la que sea. Y entonces el dinero se convertirá en su Dios. También puede ser usted alguien golpeado por la vida y por los hombres, llevando en su corazón el resentimiento y el odio en contra todos, inclusive contra Dios. Pero, aunque usted no lo sepa, ese mismo odio es su Dios, él rige su vida. Porque usted vive para ese odio, se alimenta amargamente de ese rendimiento. No tiene otra cosa a qué aferrarse. O tiene y no la ve. Porque no cree que haya nada que valga la pena. Porque su Dios es el odio. Y el odio y el dinero son dioses que llenan las cárceles.
Nadie puede vivir sin un Dios, aunque lo pretenda y piense que ha llegado a no tenerlo. Y el que más seguro está de ello, de no tenerlo y de no quererlo, ése lleva dentro de sí otro peligroso Dios: el orgullo. Yo sé que lo usted me preguntaba, señora, era otra cosa. Porque usted es católica ¿verdad? Y entonces cuando usted me pregunta: “¿es posible vivir sin Dios?”, usted me está preguntando sin decirlo, ¿”es posible vivir sin mi Dios?” y entonces yo- que tengo su mismo Dios- debo contestarle que sí, que es posible. Porque ese Dios suyo-suyo y mió- será reemplazado de todos modos por otro. Se llame como se llame. Y tenga la imagen que tenga. El hombre necesita de un Dios. Aunque no lo sepa. Y aunque se condene por Él. ¿O me equivoco?







ROBALE TIEMPO AL TIEMPO.

Estamos muy apurados. Vivimos tan apurados que nada nos dura nada. Ni las cosas ni el tiempo para vivirlas. La novedad de hoy, mañana ya no nos sirve. La canción de moda de hoy mañana será olvidada. O, mejor dicho, reemplazada por otra canción de moda. Los pantalones de hoy, mañana estarán fuera de época.
Estamos tan apurados que cada vez tenemos menos tiempo para saborear las cosas de la vida. Nos tragamos la vida casi sin saborearla.
Tres palabras que habrá que borrar del diccionario: saborear, paladar y esperar. Por lo menos acá en la ciudad. (Bórrelas usted, señor Académico. Van siendo ya palabras viejas. De cuando había tiempo para saborear la vida)
-escucha, querida. Esta es la canción que te decía. Apúrate a cantarla. Disfruta rápido su melodía. Cántala y olvídala porque ya llega la nueva canción. Promocionada, cantada y olvidada a su vez. Apúrate. Apúrate.
Por eso me gusta esa revisión de viejos tangos, de viejas canciones que realiza Larrea en “Rapidísimo”. Porque con ella hace retroceder el almanaque. Y si alguna vez la palabra retroceder no es negativa es en casos como éste, cuando el alma retrocede en el tiempo a través de la música, su más puro lenguaje.
-¿Tomamos un cafecito?
-No, querido. Estoy apurado. Chao…
Chao, sí. A otra cosa…
-¿Qué hora es, Juan?
-Las diez ya pasaditas…
-¡Oy, Dios! A está hora tendría que estar en Retiro. Chao…
Chao, viejo. Chao, cafecito, chao, querida.
Chao, canción. Ya viene el tren chao, tren.
Chao, minutos. Chao, años. Chao, chao…
(¿Chao vida, también?)
Qué lastima tanto apuro. Sin disfrutar las cosas de la vida. O disfrutándolas apurados.
Sin acordarnos de que un día tendremos que llegar a la comarca en la que se acaban todos los apuros.
“Rapidísimo” lo sabe. Por eso, a pesar de su nombre- “Rapidísimo”- se hace tiempo todavía para escuchar, para disfrutar pausadamente, hondamente sus tangos. Y a los tangos no hay quien los saque de su ritmo de tangos, de su alma, algunas veces angustiada, sí, pero sin apuros. De cuando en cuando y entre apuro y apuro debiéramos seguir un ratito ese ritmo.
¿O me equivoco?





CHARLAS CON VARIOS TEMAS

Un sofisma es algo que aparentemente es pero no es. Ejemplo: “Un héroe es un hombre que tiene dos manos, dos pies y habla. Yo soy un hombre que tengo dos manos, dos pies y hablo. En consecuencia, yo soy un héroe” qué fácil que había sido ser héroe. Lástima que me falta una cosa: el heroísmo. Que es lo que hace al héroe. ¿Viste? Todo lo demás andaba bien. Faltaba nada más que el motor.
De pronto, comparándose con alguien que está bien ubicado en la vida, uno se pregunta:
“¿Y qué tiene ese más que yo?”. Generalmente de lo que uno se da menos cuenta es de lo que los otros tienen más que uno. Hasta que no patinas en le mismo terreno no te das cuenta de lo buen equilibrista que es el otro, el que no patina.
A los dieciséis años yo era físicamente bastante grande. Para esa época llevaron a cada cuatro o cinco bolsas de maíz. Las descargaban de un carro y el que las llevaba hasta el galpón, el que las “hombreaba”, como se dice, era un tipo petisito y flaco, una cosita nomás el hombre.
Pero llevaba las bolsas como si nada. “¿Te animas a llevar la última, Juan?”, me preguntó el carrero. Yo lo miré al petisito y dije: “Je… ¿Cómo no me voy a animar? Llevé la bolsa, sí.
Pero todavía cuando me acuerdo me duelen los riñones. Puesto al lado del petisito, yo era más.
Al lado de la bolsa era más él. Él sabía cómo había que llevarla. Yo tenía fuerza, nada más.
Así es como uno va aprendiendo, a veces. Y a veces no. Y se mete. Y después lo ve el otro que ya va dando la vuelta a la esquina cuando uno está todavía tratando de arrancar.
-¿Qué tiene el tipo más que yo?
Y, a lo mejor tiene. O en una de esas tiene menos que usted y justamente por eso va adelante. ¿Cómo menos qué? Menos vergüenza, hombre. Porque cada uno llega al mundo con su parte de vergüenza. Algunos la usan todos los días. Otros dejan la maleta con la vergüenza a mitad de camino. Y así, sin ninguna vergüenza que les haga peso, van más ligero. Pero no más lejos, ni por mucho tiempo. Aunque a veces les dura, no vaya a creer que no. Da rabia, pero les dura. Claro que el que no nació para sinvergüenza seguirá siendo honrado. Gracias a Dios.
Leónidas Barletta, gran conocedor de la vida y de las gentes dijo una vez:” al fin de cuentas ser honrado es un buen negocio”. Sí. Yo creo que sí. Ser honrado es un buen negocio. Aunque en le camino nos pasen algunas sinvergüenzas. ¿O me equivoco?






EL PENSAMIENTO.
DUEÑO DEL HOMBRE.

-¿A cuántos pensamientos por hora vas?
¿En cuántas direcciones viajas en un minuto llevado por tus pensamientos?
Nada hay más llevadero o volvedor que el pensamiento. Ni más repentino, cuando se le ocurre. Ya podés decirle que no- que no lo querés pensar- a algo que se te ha dado por pensar, ya podés tratar de borrarle la puerta de la memoria a un recuerdo. Estás arreglando. No sos vos quien maneja a tus sentimientos sino ellos los que te manejan a vos a través de tus pensamientos. Y los pensamientos siempre se traen algo. A veces algo que a uno le gusta y a veces que más bien no. Pero en uno o en otro caso es inútil que lo quieras evitar, es inútil que trates de zafarte del recuerdo que te sale al paso, muchas veces sin saber porqué.
-pero, che… hoy se me ha dado por encomendarme de Aguilera.
Y en una de esas en la otra punta a Aguilera se le ha dado por acordarse de vos. ¿Cómo podés saberlo? A menos que te encuentres con él.
¿Andarán por el aire pospensamientos de uno?
¿O serán casualidades nomás? Lo mismo ocurre a veces con los sueños. Una noche soñás con alguien a quien hacía mucho que no veías y a la mañana siguiente te lo encontrás al dar vuelta la primera esquina.
-anoche soñé con vos, mira…
Claro que hay muchas otras veces en que vos soñás o te acordas de alguien y después ¡ni noticias! O al revés: no te has acordado de él ni por las tapas y se te aparece como peludo de regalo. No te voy a decir que no. Pero hay algo llamado parasicología, un mundo que nada entre lo real y lo intuido y que, encarado con la necesaria responsabilidad científica, está abriendo puertas donde hasta hace poco no se veían más que obstruyentes paredes. Tal vez no sean propiamente puertas todavía, pero sí intersticios que dejan ver alguna luz, algunas misteriosas claridades. Es verdad que es infinitamente más lo por saber que lo sabido, pero que más allá de las realidades conocidas los pensamientos tiene su fuerza, la tienen. Y con esto que digo no acabo de inventar la sombrilla.
Pero si la cosa es como parece y el mundo de los pensamientos es tan comunicativo como dicen, va a llegar el día en que nos andaremos adivinado los pensamientos. Lo que no creo que resulte muy beneficioso que digamos.
-pobre… qué facha de tarado tiene el grandote ese.
¿Te lo imaginas al grandote leyéndote el pensamiento? Hummm… para cuando llegue ese día vamos a tener que forrarlos a pospensamientos antes de largarlos. O nos vamos a ligar cada pateadura… ¿O me equivoco?




DECILE ALGO LINDO

Hay muchas circunstancias en la vida diaria en las que con una sola palabra o un gesto que no nos cuesta nada podríamos hacer feliz a alguien y no lo hacemos. No por maldad sino por distracción, por apuro o por hábito que va creando la vida en común. Tampoco por falta de cariño sino por costumbre a ese cariño. Ese cariño que ya forma parte normal de nuestra existencia. Como el respirar.
-¿Qué querés comer hoy, querido?
-Y, no sé. Hace cualquier cosa.
Nunca sabremos cuánto mal le podemos hacer a la compañera cuando le contestamos así.
Por dos razones. Primero, porque parece señalar la poca importancia que le damos a lo que ella pueda prepararnos. Lo que ya es desmoralizante porque si cualquier cosa es lo mismo, entonces todo lo que ella acostumbraba servirnos es para nosotros cualquier cosa, o nos da lo mismo. Y en segundo lugar, es desmoralizante para ella porque esa respuesta entraña una falta de colaboración ¿Has pensado alguna vez en lo que significa una mujer el solo hecho de tener que resolver dos veces al día (si comes dos veces al día) qué platos te va a preparar?
Y tener que prepararlos, claro. Y eso todos los días. Todos los días dos veces por día. Para que vos, en vez de colaborar o animarla diciéndole cuando te pregunta qué querés comer: “Y, hacete unos bifes con esa salsita de tomate que te sale tan rica…”, le salgas con ese desabrido: “Y… no sé. Hace cualquier cosa”. No, viejo, así no da ganas de ser la esposa de alguien.
Y después está lo otro también. Eso de sentarte a comer como sin ganas o tragar como un descocido, sin prestarle atención a lo que comes y dale a contar lo del hijo de su mamá que es el jefe y que si no fuera porque la situación está como está…
No, viejo. No somos justos con la patrona.
Está bien, le compraste la licuadora. Le compraste la máquina de rayar queso. Le compraste también la de hacer los tallarines parejitos, parejitos… Está bien. Pero al comer su comida, decile de cuando en cuando algo que la halague.
Aunque se le haya ido un poquito la mano en la sal o los fideos estén un tanto recocidos.
-Hace cualquier cosa…
Y en una de esas y a pesar de tus indiferentes palabras de siempre, ella se esmera, prepara algo rico y vos te lo comes como si fuera realmente “cualquier cosa”. Y después no queremos que la señora mire tanto el cartelito que en la casa de comidas dice “Comidas para llevar”… es así, viejo. Es así, ¿O me equivoco?






CON LA SELVA EN LA SANGRE

Si tenés hijos o nietos chicos, vivís en la ciudad y decís que hace muchos años que no vas al Jardín Zoológico, una de dos: o has perdido la memoria o te da vergüenza de reconocerlo. Decimelo a mí…
-Abuelo, ¿me llevas al zoológico?
Una de esas veces que fui, vi algo que me impresionó. Porque aun los sitios más vistos y conocidos de pronto pueden suceder cosas nuevas. Bueno, pero siguiendo con el zoológico y las apresadas vidas que allí transcurren, cada animal se trae lo suyo al mundo. Pero donde la fuerza contenida, la elasticidad y la gracia de movimientos resultan incomparables es en los felinos. En este aspecto, una de las cosas lindas es ver caminar al tigre, por ejemplo. Parece que lo hiciera como despreciando el encierro en que lo tiene el hombre. Allí, encerrado, parece llevar la selva consigo. La selva y la libertad que le quitaron.
-Abuelo, ¿me llevas al zoológico?
Pero yo no empecé esa charla para hablarles expresamente de los tigres. A los que me quiero referir es a un caso protagonizado por leones, no por tigres. Pasó así. Separada en un gran espacio cercado, allí en el zoológico de Palermo, había en ese espacio que digo. Seguramente para que dentro de algún tiempo hubiera algún leoncito nuevo. En el momento en que sucedió lo que les quiero contar, el león y la leona, aunque juntos en el espacio cercado, estaban bastante alejados el uno del otro. La leona echada en un rincón bajo la caricia del sol. El león, más lejos, inmóvil, indiferente al bullicio, estaba como ausente, andaba tal vez por su perdida y lejana selva natal, andaba por el recuerdo de su selva y su salvaje luminosa libertad. De pronto en la Avenida Santa Fe, muy cerca de allí, se oyó la ululante sirena de una ambulancia. Fue impresionante. El león sorprendido en su inmovilidad, saltó instantáneamente y en dos segundos estuvo junto a su leona bramando sordamente, dispuesto a su defensa. Fue algo extraño, porque en la ciudad, en su encierro, vaya a saber cuantas veces habría escuchado ya el león el alarido de la sirena.
Por eso digo que quien sabe en que lejanías, en que recuerdos de animal andaría cuando lo oyó.
Quien sabe a que enemigo creyó escuchar. Pero que en ese momento, viéndolo como lo vimos, hubiera muerto peleando por su compañera, de eso podes estar seguro. Tan seguro, mirá, que no vale la pena preguntar. ¿O me equivoco?


EL AMOR, ESO TAN PASAJERO
Y TAN ETERNO

El ser humano siente la necesidad de dejar constancia de su pasado por la vida, constancia de su vida dentro de la vida que lo rodea y de la vida que de algún modo participa. Y lo hace de mil maneras. Juan Romero –supongamos que Juan Romero- escrito en el forro del cuaderno. Para que su cuaderno de niño no se extravíe. Y un poquito para señalar ya, con su nombre de chico, la posesión de algo, su presencia de dueño de ese cuaderno. Juan Romero. Niño aún, pero ya alguien en la vida.
-Llamame cualquier día y nos encontramos.
El teléfono esta en la guía a mi nombre.
Su nombre está en la guía. Es una manera de facilitar la comunicación con los demás. Pero es también una manera de figurar entre los demás. Por lo menos entre los que figuran en la guía. Estar, figurar, incluir el nombre de uno entre los nombres de los demás. Ser alguien, aunque más no sea, entre los millares de alguien de la guía telefónica. Alguien cuyo nombre, por lo menos, será leído por otro alguien.
“Jorge y Graciela. 1971”. Los nombres y las fechas en las piedras de Córdoba. En el murallón de la playa, en Mar del Plata. En los puentes del ferrocarril, en Palermo. En la corteza de un árbol. “ Jorge y Graciela. 1971”. Como decir: aquí estuvimos juntos. Aquí estuvo el amor. Pero eso fue en 1971. ¿Dónde estarán ahora Jorge y Graciela? ¿Dónde está el amor aquel? ¿O no está?. O sí, y ahora son tres. Un Jorgito o una pequeña Graciela en la vida, juntos ahora a aquella Graciela y a aquel Jorge de 1971.
Otra Graciela y otro Jorge que en 1990 –Supongamos- grabaran sus nombres, cada uno junto a otro nombre, para dejar constancia de que los que pasan son nada más que un hombre y una mujer que pasan, luego de haber dado lugar a que otro hombre y otra mujer nazcan y lleguen y dejen a su vez constancia de sus nombres, constancia de su amor. Y así siempre. Infinitamente. Mientras haya sobre la tierra un hombre y una mujer. Y exista el amor, claro.
El amor que eterniza lo pasajero. Lo convierte en fulgor y luego en recuerdo y resplandor de aquel deslumbrante fulgor del comienzo.
¿Junto a que nombre grabaste el tuyo? ¿Cuándo lo grabaste? No cuando lo grabaste en la piedra o en el árbol. ¿Cuándo lo grabaste en tu vida? Pero, ¿es que importa cuando? Importa que no lo borre el tiempo. Importa que no lo borre la vida. Eso es lo que importa. ¿O me equivoco?








EL HOMBRE Y SU CULPA

Hay cosas que sé y cosas que no sé. Cosas con las que nací y cosas que heredé. Para bien o para mal. Preguntame cómo me llamo y te lo diré enseguida. Preguntame quién soy, y ahí sí, me pones en apuros. Porque el nombre que tengo me lo pusieron o lo heredé. Y se te gusta a vos mi nombre o no, la responsabilidad por la cara que me tocó en el reparto. Donde el asunto se pone más serio es cuando me preguntas quien soy, porque ahí ya tengo yo mucho que ver en la cosa. que yo me llame Juan no es culpa sino méritos mío. Que yo sea más que uno entre los otros o que yo sea alguien, eso ya depende –por lo menos en parte- de mí.
O me quieran, o pase sin pena ni gloria junto a los demás, o me odien. Ahí ya entra mi capacidad, mi negatividad o mi odiosidad.
Cosas de las que vamos a seguir ahondando, quién sabe si tampoco tengo yo la culpa, en definitiva. Porque si entramos a mirar las cosas como son, la culpa no es la mala. El malo es el autor de la obra. O es la buena obra porque el autor es bueno. Cuando se premia algo se premia al autor, no a ese algo, se trate de un libro, o de una pintura o de una maquette. Lo complicado es cuando un hombre y una mujer buenos, sale un hijo revirado, es decir: una obra mala ¿A quién le echas la culpa, en este caso?
A los padres, no, porque ellos son buenos y querían tener un hijo modelo. Entonces ¿a quién? ¿Al hijo? Bueno, pero el hijo no se hizo a sí mismo. Lo hicieron. Y salió así. Andando al revés de la vida, empujando siempre para el otro lado que los demás. ¿Y entonces? Claro que por este camino de las deducciones llegaríamos a la conclusión de que nadie es culpable de nada y que todo tiene que ser perdonado.
Lo que así a primera vista será lindo. Pero no práctico. Ni saludable. Ya que el asaltante perdonado porque en el fondo no tiene la culpa de ser lo que es, te va a volver a asaltar. Y seguirá no teniendo la culpa. Y vos que sos el decente y sos el asaltado tendrías que aguantártela porque el asaltante, pobre, no tiene la culpa y…
No, no es fácil de arreglar la cosa con justicia. Qué oficio el de ser juez sin dejar de ser hombre. Qué difícil juzgar cuando por un lado hay una fría e inquisidora inteligencia que va a los hechos y por el otro lado un generoso y humano corazón que interfiere, que interviene con sentimiento a favor del acusado. ¿O me equivoco?






¿PODEMOS HABLAR DE POESÍA?

“era rubia y sus ojos celestes
Reflejaban la gloria del día”

¿Te acordás, no? Qué dulces, qué lindos y qué pintores los versos. Sí, de Héctor Pedro Blomberg son. Gran poeta popular. Dije versos pintores y es así. El poeta te dice “era rubia y sus ojos celestes / reflejaban la gloria del día” y vos la ves a la rubia pulpera de Santa Lucía, le ves los ojos y ves el luminoso reflejado en ellos. El poeta te cuenta los ojos nomás, pero vos ves también el glorioso y lejanísimo día con sol que ellos reflejan. O, mejor dicho reflejaban. Allá, cuando el año cuarenta moría….
Qué cosa la poesía ¿no? Tanto la alta poesía, la difícil poesía o la popular. Tan poesía la una como la otra, pero más al alcance de más la segunda. El poeta dice una cosa, para decirla utiliza las mismas palabras que vos o yo usamos todos los días, pero las ordena de un modo especial en sus versos y las palabras dicen o sugieren otras cosas que las que vos o yo sabemos decir con ellas. El poeta es un poco el mago de la palabra. Fijate si no. Escucha este otro ejemplo en dos versos –dos líneas- de un romance de García Lorca:
“Con el aire se batían
Las espadas de los lirios”

¿Vos conoces las hojas de los lirios, no? Alargadas, realmente como hojas de espadas. Fijate cómo esos versos nos dicen cosas a la vez: “con el aire se batían/ las espadas de los lirios”, puede significar que con el aire se movían, ya que aire bate, mueve las hojas. Pero puede estar diciendo otra cosa a la vez: que las hojas – en forma de espadas- se batían con el aire, se batían a duelo al moverse y entrecruzarse como espadas. Milagros de las palabras cuando las maneja un poeta. Milagro que sigue vivo y emocionando aunque el poeta ya no este.
Aunque este aparentemente muerto. O aparentemente lo hayan muerto.
Bueno, perdónenme. No he pretendido darles una mini cátedra de poesía con este rápido comentario. Es que cuando tomé una hoja en blanco para escribir los apuntes de mi charla de hoy, lo hice tarareando en voz baja, distraídamente, La Pulpera de Santa Lucía. Ese tarareo inconsciente que uno ensaya a veces. Y me salió esto que les he dicho. Perdónenme.
Después de todo he citado a dos poetas. Y a un hombre que habla de poetas, aunque lo haga un poco chambonamente, se lo puede perdonar ¿no? ¿O me equivoco?





LA SOLEDAD POBLADA.

A uno le escriben a veces las más extrañas cartas, a uno lo vienen a ver aquí en la radio, por las más diversas causas, a uno lo llaman por teléfono. Es que hay mucha falta de comunicación entre la gente – sobre todo entre los conocidos-, hay mucha soledad. Por eso la gente se confía, anónimamente a veces, a alguien a quien no conoce. O de quien conoce únicamente la voz.
-Teléfono para usted- me dice María Rosa- atiendo. Una voz de mujer, suave y como lejana. Después supe que era la voz de Delia. Lo que no supe, lo que no sabré nunca, seguro, es quién es Delia.
- le pido que hable sobre la soledad- me dijo. Y me dijo algo más. Poco. Y yo le dije que sí, que iba hablar sobre la soledad. Y le dije el día que lo iba a hacer y me olvidé qué día le dije que lo iba a hacer. Puede ser que, milagrosamente, sea hoy el día que le dije. O que Delia me este escuchando.
Más de una vez he hablado de la soledad. Claro, es un tema que da para mucho hablar. Porque la soledad no es el mero hecho de no tener personas a nuestro alrededor. Por el contrario: se puede estar rodeado por una multitud y estar solo. Esta es, precisamente, la soledad que duele, la soledad del alma, la soledad sin nadie, ya que hay ocasiones en que basta llevar a alguien en el recuerdo para no estar solo. Como también es cierto que hay recuerdos que acrecientan la soledad.
Delia no me dijo por qué me pedía que hablara de la soledad. Pero seguramente Delia esta sola. O cree que está sola. A quien está o se siente acompañado no le interesa el tema de la soledad. No al extremo de sentirse impulsado a llamar por teléfono a un hombre para que le hable de la soledad.
Tu soledad, Delia, ¿no será la soledad de dos en compañía? Ese libro de sonetos míos a que se refirió ayer Larrea acá se llama justamente “la soledad poblada”. Es decir, exactamente todo lo contrario de la soledad soledad o de la tremenda soledad de dos en compañía. Una soledad que acontece mucho más frecuentemente de lo que uno cree. Si esta es tu soledad, Delia, no sé qué decirte. Lo que tiene que hacer no te lo puedo decir yo, tiene que decírtelo vos misma. Pero si la soledad es soledad tuya nomás, soledad por falta de alguien que no llegó todavía, abre bien los ojos (los ojos y el corazón). Es muy posible que cuando menos lo pienses, empieces a vivir una “soledad poblada” ¿O me equivoco?




¿QUÉ ES LA FELICIDAD?

Felicidad. Qué hermosa palabra. Hermosa, como todo lo que es difícil de alcanzar. ¿qué es la felicidad? ¿Dónde nace la felicidad? ¿Quién es dueño de la felicidad?
Acabo de releer esta frase: “Quién busca la felicidad fuera de sí mismo es como un caracol en busca de su casa”. Quién lo dijo, sabía lo que decía. Venga de donde venga, nazca del hecho que nazca, la felicidad tiene que crecer desde adentro de uno mismo o no es felicidad. Buscarla en otra parte es ignorar eso. Es hacer “como un caracol que buscara su casa sin saber que ya la leva consigo”. Además, eso de que a la felicidad se la debe buscar dentro de uno mismo, entraña un concepto moral. Claro: no podemos ser felices si no estamos conformes con nosotros mismos. Si algo me acusa desde dentro de mí, no puedo ser feliz. No puedo ser totalmente feliz, por lo menos. La más leve sombra ya empaña ese vulnerable cristal que es la felicidad. De donde se deduce que la felicidad es, fundamentalmente, manifestación de una conciencia tranquila. La felicidad – la verdadera- es concebida sin pecado. Aunque pueda haber alguna excepción, y alguien sienta la felicidad de hacer el mal. Felicidad que no entiendo. Amarga felicidad.
¿Qué es la felicidad? ¿De qué color es? ¿De qué traslúcido, luminoso o celeste material es la felicidad? ¿De qué fragilísimo cristal? ¡Cuidado! ¡Muy frágil! No olvidarse de ese cartelito cuando uno lleva la felicidad consigo. “Muy frágil”
Cada uno tiene o anhela una felicidad a su medida. Y hay veces que pedimos mucho. Mucho junto. Y otras veces, ¡con que poco nos conformaríamos! ¿No te ha pasado alguna vez pensar en lo feliz que eras ayer? Claro que eso pasa al día siguiente. Lo curioso es que ayer no te habías dado cuenta de ello, porque ayer andabas también en busca de la felicidad. O, mejor dicho, andábamos. Y hoy, un solo día tarde, frente a un contratiempo, seríamos felices con estar nada más que como ayer, cuando andábamos en busca de la felicidad. Que ya teníamos y no sabíamos. O no nos dábamos cuenta. “”como un caracol en busca de su casa”.
¿De qué material luminoso, traslucido, divino, es la felicidad? Un nombre, si te fijas bien, un nombre nomás, ya puede ser la felicidad en nuestra vida. Y puede también que, por habernos acostumbrado a él, ya no nos demos cuenta de ello. Y andemos todavía en busca de la felicidad. ¿O me equivoco?





LA CHARLA MIA DE CADA DÍA.

“Debe ser tremendo eso de hacer una charla todos los días durante años y años. Sobre todo, pienso, la búsqueda de un tema para cada día”
La carta en que me dicen esto tiene un montón de cosas acertadas, menos esta. ¿Sabe por qué, señora de Giuliá? Porque hablar con la gente todos los días, no es tan tremendo. Y en cuanto a los temas, nos los va dando la vida, también todos los días. Igual que a usted cuando se encuentra con una amiga. O en su casa, con los suyos. Siempre hay algo de qué hablar ¿cierto?
Bueno, aquí a mí me pasa lo mismo. Temas siempre hay. Y quien escuche también. En realidad, el problema es éste justamente: que es mucha la gente que escucha esta audición y que estoy en ella, en la audición. Y que no todos los que escuchan piensan igual ni sienten las cosas de mismo modo. Ahí está la cosa.
Elegir no sólo los temas sino también la opinión de unos sobre cada tema. Y no sólo la opinión sino también el lenguaje que llegue a la compresión y, de ser posible, al asentamiento, o al consentimiento de los demás. Y más difícil todavía cuando uno dice las cosas tal como las siente, sin darles muchas vueltas y sin pensar en cuántos van a opinar como uno y en cuántos no. Es decir, sin tener en cuenta la cantidad de votos a favor o en contra que va a obtener sino tratando de transmitir la verdad del mensaje irradiado. O, mejor dicho, lo que uno cree que es verdad. Y que es justo. Por otra parte, estas charlas no son puro monólogo y nada más, ya que siempre hay una carta o un teléfono para hacerle llegar a uno la contraopinión, por sí decir, de quien lo escucha y no está de acuerdo.
Usted misma, señora de Giuliá, es una carta tan aprobadora, como la que me escribe, deja deslizar una objeción-la de que yo no hable aquí de aspectos que atañen a la política y la situación mundiales-: una objeción que yo acepto como una opinión y un deseo a los que no voy a poder complacer, no porque no me importe el tema, sino porque no es mi cuerda y porque otros con más capacidad lo hacen como yo no sabría hacerlo. De lo cual se podría deducir que si yo hablo de otras cosas es porque pienso que no hay otros con más capacidad que yo para hablar de esas cosas. Y no es así. Es que de las simples cosas de la vida todos se creen con derecho a dar la opinión. Y yo también. ¿O me equivoco?




Q. E. P .D

Si hay algo frente a lo que la gente entra a ponerse seria, ese algo es la muerte. ¿Qué les parece si la tomamos un poco en broma hoy?
Total, nos pongamos serios o nos riamos de ella, cuando nos toque nos vamos a tocar nomás. No le vamos a poder decir que no, que gracias.
-Pobre… tan buen tipo que era…
Ese es unos que se murió, seguro. No hay como morirse para pasar a ser un buen tipo. Es como si la gente se diera cuenta tarde siempre de la bondad de la otra gente. De la que se muere. Junto al cajón son los elogios. Y en los discursos en el cementerio. Y en las noticias necrológicas. Eso, si la importancia del finado da para bóveda y discursos. En caso contrario, el pobre tiene que conformarse con el “tan buen tipo que era” de los que fueron al velatorio a acompañar a los deudos. Y a tomar café.
Después del Q. E. P. D, siempre suele dejar más desconformes el que tenía plata- o parecía quien lo tenía- que el que directamente era un pobre tipo sin un mango. En el reparto de lo que dejó el finado con la plata o en el desengaño de que haya dejado mucho menos de lo que se suponía, siempre hay más desavenencias o desilusiones que en el descenso de aquel de cuya muerte nadie esperaba nada.

Tras el cajón iba el hombre
llorando a más no poder.
Llorando mientras decía:
“Te dejaste de… toser”.

Perdónenme la irreverencia de mi copla, pero resuelto a tomar un poco en broma el tema de la muerte, me salió así en mitad de la charla y ahí la acomodé. Con el perdón de ustedes. Y con el perdón o sin el perdón de ella- la muerte-, que cuando nos llegue la hora no nos va a perdonar…
Si la muerte de cada uno nos mostrara de veras la verdad de las cosas, nos encontraríamos con que hay muchas menos lágrimas que lo que parece y muchos “lo siento mucho” que no lo siente tanto. Claro que cada uno cosecha al final lo que sembró en la vida, antes de llegar a finado. Cosecha en sentirse y en recuerdos, quiero decir. Indiferencias o dolores. Pero la vida es la vida y hasta los grandes dolores se van mitigando, si no apagando con el correr del tiempo. Y la risa vuelve a ocupar un día un sitio que parecía le iba a ser negado ya para siempre. La vida es así. Y está bien. Al final de cuentas, más vale morirse de risa que morirse de veras. ¿O me equivoco?






A PESAR DE TODO… ¡VIVA LA VIDA!

Esta charla es para vos. Para vos que sueñas, que esperas, que cultivas tu canterito de ilusiones y que de repente oyes un noticioso, o lees los grandes titulares de algún diario y sientes como si te enturbiaran un poco los sueños, como si se te ensombrecieran tus claras expectativas de muchacha, como si una helada en primavera te marchitara tu canterito de ilusiones. Yo quiero decir algo. Justamente porque eres joven y no hay derecho a que las cosas crudas de la vida –las inquietantes y absurdas cosas de la vida- apaguen tu resplandor, te empañen el cristal de los años luminosos, de eso que, justamente por ser jóvenes, deben ser luminosos.
Días pasados estuve hojeando la colección de uno de nuestros grandes diarios. Te hablo de ejemplares de hace más de 90 años. Y de ahí para delante. Y siempre, siempre-con algunas muy pequeñas etapas de aparente paz- hubo problemas, grandes problemas en relación con cada época. Problemas de toda índole. (Claro, en 1910, supongamos, no había ninguna noticia que dijera que en Santa Cruz de Tenerife chocaron dos grandes aviones causando centenares de víctimas; porque en 1910 no había ese tipo de aviones. Pero en 1910 no existía la vacuna contra la poliomielitis, por ejemplo.) y a pesar de todos nosotros- decir, la humanidad- hemos seguido adelante. O, por lo menos, hemos seguido. Lo que pasa, y eso también se nota al leer viejas noticias, es que antes el mundo marchaba a otro ritmo y los dramáticos aconteceres eran, por eso tal vez, más espaciados. Inclusive las noticias llegaban con más lentitud y por mucho menos medios. Ahora no nos dan respiro. Por eso nos angustian más. El mismo horror repetido por radio, repetido por televisión, repetido por tantos diarios. A veces dan ganas de apagar la radio y el televisor, de no leer las noticias. De no enterarse de nada. Pero no sirve. O sirve poco. Sería más o menos hacer la del avestruz: esconder la cabeza en la arena. No sirve. Pienso que vos sos de hoy también tienes una sensibilidad de hoy y que tu vida está dentro del ritmo de hoy. Sueña, entonces, a ese ritmo. Espera lo que esperas dentro de ese ritmo. Cultiva tus ilusiones al ritmo del mundo.
Porque sos joven y la vida, a pesar de todo es linda y entonces ¡viva la vida!... ¡qué embromar! ¿O me equivoco?






ESA MARAVILLA LLAMADA LUZ.

Te voy hacer una pregunta tonta. Decime, ¿cómo es la luz? A ver, describímela. Hace de cuenta que yo no la hubiera visto nunca. ¿Cómo me describirías la luz? No, no busques la definición en el diccionario. Te lo pregunto a vos. El diccionario dirá que la luz es un agente físico que ilumina y deja ver los objetos. Pero yo no te pregunto qué es, sino cómo es. Dale. A ver ¿cómo es? No me digas que es una claridad porque estaremos en lo mismo. Claridad es uno de los nombres de la luz, pero si yo no he visto nunca una claridad sigo en ayunas. Lo que pasa es que no es fácil. Tal vez sea imposible definir exactamente la luz. Se la ve o se la ha visto alguna vez o no hay como definirla. Vos podés decir cómo es una mesa: mesa es una tabla con cuatro patas. O cómo es un teléfono. Un teléfono, sintetizando, es un aparato que se apoya en la oreja y da ocupado. Y que cuando más apurado estás más seguro es que te dé ocupado. Pero la luz, explícame cómo es. Me dirás que no tiene forma. Y está bien. Pero tampoco tiene forma el agua. Y el agua no es la luz. Sonido no tiene. Pero tampoco tiene sonido el silencio y el silencio no es la luz. Medida no tiene. Pero tampoco tiene medida el viento y el viento no es la luz. La luz es lo contrario de la sombra. Es cierto. Pero si no has visto nunca la luz no podés saber cómo es lo contrario de la sombra.
- Anda… no seas malo, abuelo. Decime cómo es la luz. Sabes las cosas y no vas a saber como es la luz…
- Podría decirte que es hermosa. Que es la vida. Que es la que define y da la medida y el color de cada cosa. Podría decirte que si no existiera la luz el mundo no existiría, desaparecería a los ojos de los hombres y de los animales. Pero no le puedo decir cómo es la luz a quien no la hay visto. Así de importante es. Así de maravillosa es, aunque alguna vez alumbre cosas horribles. Pero ella no tiene la culpa de eso. Ella es maravillosa. Es la imagen de la vida.
- Sí… anoche dio a la luz un hermoso bebé….
¿Te das cuenta? No decimos, “dio al aire” un hijo. O “dio a la sombra” un hijo. No: dio a luz. Por eso ha de ser, pienso, que al nacimiento le llaman alumbramiento.
¿Así que no sabes decir cómo es la luz?...
No, no….a mí no me lo preguntes tampoco, porque yo tampoco te o sabría decir ¿O me equivoco?





EL HOMBRE NUNCA ESTA SOLO.

- Anoche fui a ver una obra de teatro con un solo personaje…
- Un solo personaje a la vista, en la escena, querrás decir, ¿no? porque yo pienso
que puede haber una obra con un solo personaje en escena, pero no puede haber una obra – una obra de teatro-, con un solo personaje…
-¿Cómo que no? no te entiendo…
Y claro que no. porque en el teatro, como en la vida, las cosas le podrán estar sucediendo, sí, a un solo personaje, pero esas cosas le pasan siempre tienen relación con alguna otra persona, siempre hay otros personajes auque sean invisibles que, de algún modo, están actuando junto o dentro en las reacciones de ese personaje aparentemente único. Único en escena. Ese personaje debe querer a alguien. O debe despreciar, tal vez, a alguien. Debe tener algún amigo. O algún enemigo. O algún acreedor, qué se yo. Un hombre no está nunca solo del todo en el mundo. Por suerte. O por desgracia, depende. Pero toda la gente a la que ese personaje, aparentemente único o solo, esta ligado por el afecto, por el odio, por el miedo, por el interés o por lo que sea, influye en él, en sus sentimientos, actúa en él y en consecuencia actúa, aunque no se lo vea, cuando él actúa en escena. En la escena del teatro o en la escena de la vida. Que a veces es lo mismo. Nunca nadie está del todo solo.
¿Usted tiene un chiquitito, señora, verdad?...
¿Cuánto tiempo tiene el nene? Un año… cómo le ha cambiado la vida a usted ¿no es cierto?
Claro, ya forma parte de usted. Por eso, aunque usted vaya sola a la feria hay otro personaje –otro personajito- que desde hace un año va con usted. Aunque usted lo deje su casa a su chiquitito, él va con usted. Su corazón y su memoria no le pueden dejar ¿o no?
Otra. El muchacho que llega tarde a la oficina y que sabe que el jefe lo va a mirar con cara torcida, cuando va subiendo la escalera ese muchacho aparentemente va solo. Pero no. ya va con él la imagen del jefe que le reprochará la tardanza.
Nadie es personaje único en la escena o en la vida, aunque aparezca o parezca solo. Porque nadie puede anular todos sus sentimientos y sus sentimientos – aunque sean de odio- lo atan a la persona que los provoca. Sí, hasta los odio.
- le tengo una bronca al desgraciado ese…
Ya estás atado a ese desgraciado, entonces.
Atado a la bronca que le tenés. Ah, si uno pudiera olvidar lo que odia y atarse a un cariño en cambio. Aunque haya veces en que un cariño puede llegar a dolernos más que el odio. ¿O me equivoco?




ANTES Y AHORA.

El progreso tiene sus ventajas y sus desventajas según sea el punto de vista de quien lo mire. Por ejemplo, un tren subterráneo tiene sus ventajas para quien debe llegar rápido de Once a José María Moreno, pero maldita la importancia que tiene para una jirafa o para un gorrión. Y un buen hormiguicida es un gran auxiliar para un jardinero, pero no sé la gracia que le puede hacer a las hormigas de un lindo hormiguero que apareció en el jardín.
Antes, cuando el progreso no había llegado, y en consecuencia no había choques de automóviles porque no había automóviles y no se derrumbaban edificios en construcción porque no se construían edificios y los trenes no llegaban con atraso porque no había trenes; antes, para ese tiempo que digo, los animales andaban sueltos y bastante mesturados. Era la época en que todavía no había alambrados. Ni alambrados ni nada. Pero se veía. Claro que a veces un inocente corderillo iba a pasar al estómago de algún puma.
(Cuando se acabaron los pumas, a los corderos se los empezaron a comer los hombres. Destino de corderos. Ser comidos)
No había alambrados. En aquella época usted iba por la calle Florida, supongamos, y en una de esas se encontraba una chancha con siete chanchitos. Claro que para entonces Florida no era calle todavía, ni era Florida. Después, cuando entró a tallar el hombre, las cosas cambiaron. Para probar que era un tipo púa fue y se inventó el alambre de púa. Hizo los alambrados y encerró a los animales detrás de los alambrados. Bueno, detrás de los alambrados desde el punto de vista del hombre, porque desde el punto de vista de las vacas, que lo ven del otro lado, el que está detrás de los alambrados es el hombre.
Después inventó el alambre tejido para que las gallinas y los patos no se les escaparan y el alambre fiambrera para evitar que entraran las moscas. Con lo cual se ganó el odio de las gallinas y los patos que quieren salir y de las moscas y mosquitos que quieren entrar.
Antes, en la época que digo, el hombre todavía no se había dado cuenta de que era el rey de la creación y los otros bichos no lo pasaban tan mal. No había sulkys, ni carreras de sortija, ni arados tirados por bueyes, ni jardines zoológicos ni sociedades de “tiro a la paloma”, ni inseminación artificial, ni circos con perros sabios, ni cacería de zorros, ni bizcachas en escabeche. Fue cuando el hombre entró a tallar en el mundo, cuando los animales comprendieron que la felicidad no dura toda la vida. ¿O me equivoco?






“SERAS LO QUE DEBE SER…”

“En nuestros locos intentos renunciamos a lo que somos por lo que quisiéramos ser”. La frase es de un tal Williams Shakespeare, hombre que vivió allá por 1600 y que solo decía decir cosas así, cosas que han cruzado los siglos y siguen teniendo razón.
Porque las razones fundamentales tienen la costumbre se seguir siendo razones a través del tiempo.
Está bien tratar de ir más adelante, tratar de llegar hasta donde llegaron otros. Pero midiendo nuestras fuerzas, calculando las posibilidades. Si el físico no te da es en vano que saques pecho. Si no pones más que el pincel y las ganas no vas a pintar la Giaconda. Hace falta algo más. Y así en todo. Lo malo del que quiere llegar a mucho no es el querer llegar sino el quedarse a mitad de camino por no saber medir sus fuerzas, su capacidad. Lo malo es quedarse en aprontes nomás por haber elegido ese camino que no era el suyo. Un buen carpintero vale mucho más que un mal violinista. Lástima del que siguió dándole malamente al violín, pudiendo manejar tan lindo la garlopa.
Yo quería ser guitarrista. Me gustaba la guitarra. No tuve una oportunidad de estudiar música en mi pueblo. Menos mal, tengo un oído tan musical que todavía no he logrado tararear “La Comparsita”. Mirá qué guitarrista se perdió el país. El hecho de que a uno le guste la guitarra o le guste una buena pintura, no quiere decir que uno haya nacido para Andrés Segovia o para Raúl Soldi. Cada uno se trae o no lo suyo al mundo.
Si lo trae y lo trabaja y lo perfecciona, llega a ser “lo que debía ser”. Si no, tiene que conformarse con ser nomás, sin hacer grandes cosas. Limitarse a ser plenamente el hombre simple para el que nació habilitando es también cumplir un destino.
“en nuestros locos intentos renunciamos a lo que somos por lo que quisiéramos ser”.
No renunciar a aquello para lo que estamos capacitados para perdernos tras lo que quisiéramos ser. Eso, más o menos, es lo que nos quiso decir Shakespear. Claro que como hay mucha gente que no conoce la frase de Shakespeare – y aun algunos que en una de esas la conocen- insisten en escribir versos, por ejemplo, con lo bien que le saldría una estantería para biblioteca, una afinadita al motor de un automóvil o unos vermicelli a le vóngole… ¿O me equivoco?





“VOLVE MAMÁ PERDONA”

Una nunca puede saber dónde se oculta el drama hasta que el drama estalla. Uno nunca puede saber qué lleva cada uno en el fondo de su alma. ¿Qué has y detrás de esa sonrisa, señor? ¿Nada más que felicidad?. Bueno, se lo pregunto por preguntarle nomás, porque si detrás de la sonrisa hay un dolor es porque usted me quiere ocultar su dolor detrás de esa sonrisa. ¿Y qué derecho tengo yo a meterme en su mundo, a interrogarle su intimidad?
Si eso es lo único realmente suyo. Usted es dueño de su sonrisa. Y de su dolor. Por eso nadie puede saber con total certeza qué se esconde detrás de un gesto, detrás de una actitud. O de solo cinco palabras. Cómo éstas: “Carlos. Volvé. Mamá te perdona”
Cinco palabras en un recuadrito. Nada más. Cinco palabras entre los millones de palabras que trae el diario. Tal vez un grito en cinco palabras. O una desesperación contenida. O un millón de lágrimas. Vaya uno a saber. Tantos dramas pueden ocultarse en un llamado así. Y tanto amor. Sobre todo cuando la que perdona es una madre.
Uno da vuelta la página. Noticias. Generalmente más malas que buenas noticias. Costumbre del mundo. Y de los aconteceres de este mundo tan apresurado, tan confundido.
Un violento choque en la ruta. Las negociaciones entre tal y cual país no avanzan. El asalto de turno. Inquietud por una bomba. O por un paquete que parecía una bomba. Y alguna noticia que alienta. Y los resultados de fútbol, claro. (Para esto último los domingos a la noche o los lunes). Las noticias lo distraen a uno. Pero no lo distraen lo suficiente. En la página ya pasada, las cinco palabras siguen latiendo en su recuadrito. En algún sitio, dentro de uno, también siguen latiendo tenuamente, prontas al olvido. Las cinco palabras. “Carlos volvé. Mamá te perdona”. Un grito en cinco palabras. O un millón de lágrimas. O tal vez nada importante. Vaya a saber. Pero uno no puede con su desdichada imaginación y piensa. Una madre que perdona al hijo. ¿Pero es que hay alguna madre que no perdone al hijo? Puede que sí. Pero en este caso algo muy esencial, algo esencialmente sagrado, debe estar fallando por alguna tremenda razón. Porque sino una madre siempre perdona. (¿Verdad que sí, mamá?) ¿O me equivoco?





¿ESTAS SEGURO?

Ventajas y desventajas de la duda. Podría ser este el título de uno más o menos filosófico sobre el tema. Es apenas, el comienzo de una charlita más o menos conversada sobre el tema. Porque es cierto; la duda tiene sus ventajas y sus desventajas. Es ventajosa cuando te hace reflexionar sobre lo que está por hacer o por emprender y te obliga a medir tus posibilidades y a tomar tus precauciones o, sencillamente, a no hacerlo. Aquí la duda se parece mucho a la previsión. O a la prevención y el freno que nos pone suele ser positivo, favorable. Pero es negativa cuando esa duda frena tus impulsos, tus inquietudes y deja sin hacer lo que, sin esa rémora, pudo ser hecho. Pero cuando la duda adquiere sus características más peligrosas o, por lo menos, más notorias, es cuando se refiere a las personas y a sus sentimientos. Dudar de la amistad o del amor de alguien a quien se estima o se quiere es siempre doloroso y amargante, ya que la duda mancha o pone una sombra que enturbia ese límpido cristal que es –o debe ser- el cariño. Porque el cariño lo es totalmente, sin restricción alguna, o no lo es. En la duda suele comenzar, muchas veces la muerte de un afecto. Así como es de clara la amistad o de lo luminosos el amor, así es de gris y ensombresedora la duda, esa duda que puede afectar aquellos sentimientos hasta quebrar su transparencia y anularlos en su condición de mensajes de corazón a corazón.
-ah, yo voy a hablar con él. Yo quiero salir de dudas…
Eso es lo acertado. Y lo importante. Y lo decisivo. Aunque ese salir de dudas signifique la muerte de una amistad o de un amor, hay que jugarse. De todos modos, si había motivos para esa duda, si ella se confirma, esos sentimientos – tarde o temprano- tenían ya firmada el acta de defunción. En el amor, como en la amistad, el engaño no puede durar toda la vida. A menos que el engaño cierre los ojos en su afán. Porque el amor y la amistad, cuando se resquebrajan, se les nota la línea en que han vuelto a ser unidos. O, mejor dicho, donde se ha tratado de volver a unirlos. ¿O me equivoco?





LA VIDA QUE DA Y QUITA

Estaba solo en su celda. Día y noche solo. Inacabablemente solo. Consigo mismo nomás y con sus pensamientos. No sé por qué causa pero estaba condenado a varios años de prisión. Una tarde sintió una picadura y vio a la pulga. Como tenía mucho tiempo, se dedicó a cazarla. Un hombre con una pulga a mano y mucho tiempo para cazarla.y la cazó nomás. Y ya iba a matarla, pero se contuvo, con la pulga apresada entre sus dedos índice y pulgar “-¿Y si la dejo vivir así y tengo compañía?”- pensó. Y buscó un frasco de vidrio vacío que tenía y puso en él a la pulga. Pasó el tiempo y esos dos seres, vivos y solos, se hicieron amigos. O conocidos, por lo menos.
El hombre soltaba de cuando en cuando, y haciéndose el distraído, dejaba que la pulga lo picara un poquito. ¿De qué se iba a alimentar allí si no la pobre pulga? Después volvía al frasco. La pulga, claro. Un día al hombre se le ocurrió amaestrar a la pulga. Con infinita paciencia, poquito a poquito. Total, tiempo tenía para sobra. Y la pulga también. Lo dos con todo el tiempo por delante. O para ser más exacto con todas sus vidas por delante. Lo primero que la pulga aprendió a hacer fue a hacerse la muerta. Daba tres o cuatro saltitos y se tiraba a muerta, quedándose quietita. Con los años fue aprendiendo otras pruebas, pero como esa de hacerse la muerta, ninguna le salía tan bien, tan natural. Siguió pasando el tiempo y un día el hombre terminó por fin su condena y fue dejado en libertad. Y allá se fue el hombre con su pulga en el frasco “-me voy a ganar la vida con ella”- pensó. Para empezar entró a un bar., pidió un café y, cuando el mozo se acercaba con lo pedido, soltó la pulga y le dio orden de hacerse la muerta. “mire mozo, mire…” el mozo miró, vio la pulga que en ese momento daba dos o tres saltos.
- Perdón señor, dijo. No volverá a suceder…
Y de un manotazo mató a la pulga.
Sí. Cruel. Cruelísimo el cuento. No había derecho, pobre tipo.
- Y bueno, Ferreira Basso ¿por qué lo contó entonces?
Porque la vida también es cruel a veces. Cruel como el cuento de la pulga. Y es bueno recordarlo de cuando en cuando. Es bueno que disfrutemos de lo que la vida nos da, pero que nos tome de sorpresa cuando nos quita lo que nos había dado. Es decir, que estemos preparados y tengamos, por si acaso, una pulga amaestrada de repuesto. Digo yo… ¿O me equivoco?




“GRACISIMAS, SEÑOR”

- Gracias… muchas gracias…
Uno le dice para agradecer algo, para dar testimonio de su agradecimiento por algo -cosa o favor- recibido. Gracias. Y uno ni sabe a veces qué, ni cuánto pide para el otro con esa palabra. Porque gracia puede ser el favor de Dios hacia esa persona. Como si uno dijera: “Que Dios le haga la gracia que usted pida”. Pero gracia también una forma de la simpatía, una especial atracción de la persona, al margen ya de la belleza. Que es cuando uno dice de alguien: “Qué gracia tiene…” Y gracia es también el perdón, ya que en ocasiones, conocer la gracia puede ser perdonar al condenado.
Y gracias pueden ser también las tres gracias. Y darle a alguien esas gracias es ya mucho darle porque ¿ha visto usted el grupo escultórico de las Tres Gracias? Mire, si las mozas esas – si las gracias esas- son o eran como aparecen en las desnudas estatuas, con una de ellas nomás que le concedan, ya puede usted dar las gracias a su vez por esa gracia.
-¡Muchísimas gracias!
Yo conocí a un sueco que no hablaba muy bien el castellano pero que con lo que sabía se arreglaba. O creía que se arreglaba. En ocasiones, simplificaba o abreviaba el lenguaje.
Por ejemplo: él no decía “muchísimas gracias”. Decía “gracísimas” Y tan feliz.
-No tires el pan, hijo, porque es la gracia de Dios.
Si te lo habré oído decir veces, abuela. Tantas, que aprendí a mirar el pan como algo sagrado. El pan, la gracia de Dios. Está bien. Y es hermoso sentirlo así. Aunque tengas que ganarlo con el sudor de tu frente.
- ¿Le dijiste gracias al señor?
Y el chiquitito, con el chocolatín en su manita, dice: gracias. Y está bien. Hay que educarlo al nene. Pero yo no obligaría a dar las gracias a un chiquitito. No así, por lo menos, como reprochándoselo delante de otros. Si lo que le dieron le gusta, su corazoncito ya debe esta agradeciéndolo. ¿Qué importancia tiene que él – pobrecito- empiece a comerse el chocolatín sin dar las gracias de viva la voz?
Ya va a aprender. Ya va a aprender que hay que ser bien educado y decir “muchísimas gracias”, o simplemente “gracísimas”, como decía mi amigo el sueco. No por hacerse el gracioso con esto de las gracias sino de puro sueco que era. Bueno y ya va siendo hora de que yo les diga: gracias. Y hasta mañana ¿O me equivoco?

CON EL COLOR DE LA ESPERANZA.

“Te estuve esperando. ¿Por qué no has venido?” así pregunta el tango. O alguien a través de un tango. O alguien a través de un tango. O la esperanza de alguien que en una de esas – y a pesar de todo- la sigue esperando todavía. Porque la esperanza es lo último que se muere en uno. ¿Qué sería del ser humano si no existiera la esperanza? Porque siempre estamos esperando algo. Por más cosas que tengamos, siempre nos hace falta algo.
O no nos hace falta realmente, pero lo esperamos. El que ya no espera nada está muerto.
Aunque camine, aunque coma, aunque te dé la mano. Vivir es desear algo, siempre. Querer algo más. Luchar por algo más. Esperar algo aunque estemos casi seguros de que no lo vamos a alcanzar. Casi seguros de que no.
Pero en ese caso, cabe la esperanza. En una de esas. ¿Quién te dice?
-¿Qué esperas? ¿Cómo qué sueñas todavía?... ¿No ves que ya es imposible?
No importa. Síguelo soñando. La ilusión es hermana de la esperanza. Tan parecidas las dos que en resumen, se confunden. Y tan vanas las dos también, algunas veces. Pero nos ayudan a vivir. Aunque aquello que ves brillar y que parece agua no ser más que un espejismo. No importa. Mientras creíste que era agua, fue como tener el agua al alcance de tu sed.
- deja que beba esa agua, amor, aunque no sea más que un espejismo. El amor es muy aficionado a vivir de espejismos, a sustentarse de reflejos que mienten una luz que a veces no existe. O que se está apagando.
El que espera desespera
y el que no espera no alcanza.
Deja que siga esperando,
Así tengo una esperanza.
Está bien pero no sientes a esperar. Camina en dirección aloque quieres. Ayúdala a tu esperanza. Y si la pierdes, búscate otra. Es decir, no pierdas nunca la esperanza de tener otra esperanza, por lo menos. Otros motivos para vivir. O para que te alumbre el vivir. Y te aliente.
- Yo que esperaba poder llevarte a conocer las Cataratas este año y ya ves, todo saló al revés.
Echa mano a otra esperanza, entonces. Ponela en el año que viene. O en el otro. Alguna vez se ha de dar. ¿Por qué no? Si a otros se les ha dado… Y si no se te da, con esperar no perdiste nada. Esperar es muy parecido a soñar, a veces. Y alguna vez sueñas con algo ¿verdad? Y bueno, entonces, ¿quién te quita lo soñado? Nadie te lo puede quitar. Los sueños, como la esperanza, son de quien los sueña, y de nadie más ¿O me equivoco?






DE ENCARRILADOS Y
DESCARRILADOS.

- No hay caso, viejo. Este no se encarrilla más…
Porque en la vida uno se encarrila o no. Encarrilarse es andar derecho, no escapar de las normas establecidas, es decir que sí a muchas cosas, aunque a uno no le gusten, pero que son cosas sin las cuales las cosas no marcharían. O marcharían de otra forma. No sé si mejor o pero que lo que marchan. Depende de para qué lado agarra el descarrilamiento, ¿no? Y para qué lado le conviene a cada cual que agarre. Por otra parte, eso de encarrilarse no suena lindo. Suena ser un vagón más en la fila. Uno más en la docena. O en al centena. Encarrilarse puede ser bueno cuando uno ha agarrado para el lado de las berenjenas y lo vuelven a poner en línea para que no jorobe a los demás. Pero encarrilarse – o ser encarrilado- puede ser negativo cuando el aparentemente descarrilado es alguien que te trae algo nuevo. Algo distinto a lo ya aceptado por todos. Cristóbal Colón, por ejemplo, fue descarrilado. Se salió de los carriles, de las normas, y anduvo a los tumbos, pero nos dio un mundo nuevo. De haberse encarrilado no hubiera salido del Puerto de palos. En cambio Nerón, que fue otro descarrilado, incendió Roma. Ese si tenía que haber sido encarrilado, ¿ve?
Lo difícil es establecer quién encarrila a quién en este mundo. Son tantos ya los descarrilados que a veces de la impresión de que el descarrilado fuera el mundo. Pero no. somos algunos nomás. Pero algunos cuantos, claro. A veces nos salimos de los carriles y asaltamos un banco. O ponemos una bomba.
O simplemente, nos peleamos. Y no se entiende bien. Salvo que sea porque los que estamos más atrás empujamos a los de adelante. Y a los de adelante no les gusta, claro. Y otras veces la discusión es porque, aunque andemos por los mismos carriles, no todos queremos lo mismo. O no pensamos del mismo modo. Y nos peleamos por eso. O todos queremos lo mismo y también nos peleamos. Porque el queso no alcanza para todos. O porque queremos lo que es de los otros. Y los otros no quieren largar porque es de ellos. O porque lo vieron primero. O se lo agarraron primero. Pero el caso es que, encarrilados o descarrilados, cada uno tira para su lado. Y así andamos. Un poco mejor los que tiene donde afirmarse, claro. O donde agarrarse. ¿O me equivoco?




LO QUE UNO DICE Y LO QUE NO

Siempre me llegan cartas acá, a la radio. Y siempre, a casi siempre, esas cartas dicen cosas interesantes. O sorprendentes. “Usted tiene sentido del humor”, me escribe alguien. Y me pregunta “¿por qué estas charlas no salen siempre con una sonrisa en vez de llenarse de palabras serias?” y no debo pensar mucho rato para darme cuenta de por qué. Para empezar tengo a mi lado a los muchachos del Rotativo del Aire que leen las noticias. Y siempre llegan con más noticias para ponerse serios que para reír o sonreír. O leo el diario. Y es lo mismo. Y entonces trato de sacudirme las noticias y de pensar en las cosas buenas de la vida, porque la vida tiene, sigue teniendo su cara sonriente y optimista pero hay que estar muy atento para verle esa cara porque es la que menos nos muestra. Sí, hay cosas para olvidar las malas cosas que pasan en el mundo. Un partido de fútbol, por ejemplo. Y uno deja de lado las otras informaciones y va al fútbol.
Y allí se encuentra con un referí al que un golpe le ha producido un desprendimiento de retina. Y ya de rabia. Y uno puede tener, si, ese sentido del humor que alguien dice que uno tiene. Pero aunque así fuera, no lo tiene en la medida suficiente para sonreír siempre. Uno no va a comentar lo peor de cada día, claro. Y eso no hacer hincapié en las adversidades que sacuden al mundo es ya ubicarse en un mirador en cuyas perspectivas no entra el pesimismo. O, por lo menos, en un mirador desde el que se atisba la esperanza, ese gran invento del corazón humano. Por otra parte, en el mundo suceden también cosas favorables o graciosas, pero – como ya le dije alguna otra vez- esas noticias no vienen con grandes titulares. No. que un hombre haya salvado tres vidas lanzándose para ello tres veces seguidas al agua, merece quizá un titulito. Pero espere usted a que una bomba haga volar un auto con alguien adentro y ya lo verá anunciando con letras tipo desastre.
Yo trato de estar ubicado allí donde los dos platillos de la balanza quedan parejos, por lo menos. Por eso será que alguien me pregunta por qué no lo hago sonreír más seguido, y una señora me preguntaba por qué no me ocupo más seguido en mis charlas de los problemas que nos afligen y afligen al mundo entero.
Debe ser porque yo trato de ver las cosas sin olvidarme de mirar también “el otro lado de las cosas” ¿O me equivoco?





LAS MENTIRAS DE DON SOFANOR.

Era muy mentiroso. Y mentía tan bien que casi no se le notaba. La mentira era en él algo así como un lenguaje natural. Pero eso sí, nunca hacía mal a nadie ni causaba problemas con sus mentiras. Era un mentiroso por vocación. Pero un mentiroso desinteresado. Porque están los otros, los que mienten para sacar tajada, para acomodarse o para quedar bien. Sofanor no. el mentía nomás. Cierta vez empezaron allegar visitas a casa de una vecina, en las afueras del pueblo. Cada visita con su regalito: una batita y unos escarpines rosados, una pulserita, media docena de bombitas de goma, una solerita… - pero ¿por qué me traen estas cosas?- preguntó asombrada la vecina.
Porque algunas de esas prenditas se las habían hecho llegar nomás, pero después empezaron a caer las conocidas en persona, comodito.
Pues nada. Que a Don Sofanor se le había ocurrido una de sus mentiras. Había andado anunciando que Doña Nélida, que ya tenía media docena de hijos, había tenido otra nenita.
Era un mentiroso congénito este Don Sofanor. Desde antes de nacido ya era mentiroso. Alguna vecina memoriosa recuerda que un día los dolores le anunciaron a la madre el nacimiento de Don Sofanor, que para ese entonces, claro, no era Don Sefanor ni se llamaba Sofanor siquiera. Pero esos dolores eran mentiras de él. Nació tres días después, contaba. Era mentiroso, pero eso sí, siempre tenía testigos de que lo que decía era verdad.
(- Ahí está el finao Contreras, vivo y sano, que no me deje mentir)
Siempre eran así sus testigos; finados vivo y sanos.
Cuando murió no tendría ni 60 años, pero había mentido por valor de un siglo y medio, por lo menos. Ese día, el día de su muerte, el médico titubeó un poco antes de extender el certificado de defunción: “es tan mentiroso que es capaz de no estar muerto éste…” pero estaba.
¡Qué Don Sofanor! Yo alcancé a conocerlo. Y al oírlo mentir también. Claro, porque oírlo hablar era oírlo mentir. Pero eso sí, nunca supe que hiciera mal a nadie con sus mentiras.
Salvo ese caso de la madre que no había sido madre, que trajo algunas complicaciones. Era, como dije, un mentiroso desinteresado.
Vaya a saber con qué mentira le habrá ido a Dios cuando se murió. Pero Dios debe haberlo perdonado. Porque hay tres mentiras que Dios ha de perdonar, seguro: la mentira que no hace mal a nadie, la mentira por salvar a alguien de un gran dolor y la mentira del hombre asustado ¿O me equivoco?





CHARLA CON EL RECUERDO
DE PEPE BIONDI.

- ¿De qué te reís?
- Y… me río de la risa nomás… - contesta el pibe.
Y está bien, lo ha dicho a su manera- me río de la risa nomás
Y esa es la risa que vale. La risa porque sí nomás. No la del idiota, claro, sino la del ser del alma limpia. La risa de la sana alegría que cuando es así risa porque sí nomás, es la más clara expresión de la salud del espíritu. Hay que ver reír al hombre para saber cómo es el hombre, para adivinar de qué color es su alma.
Un hombre riéndose con todas sus ganas – sin burla ni maldad- es lo más parecido a un niño. Es decir, es el niño de su ya lejana infancia al que todavía lleva su adultez y al que los empujones y las durezas de la vida no han logrado matar en su interior de hombre. Fíjese cuando alguien se ríe así, con ganas, despreocupado y riéndose, fíjense y verán cómo se a un chico. Es que en la alegría verdadera – y también en el llanto- es donde el hombre vuelve a parecerse al niño que fue alguna vez.
No te rías tanto de Don Fulgencio. O ríete, sí, pero no te burles de él. Acuérdate de que es el hombre que no tuvo infancia. Por ese Don Fulgencio es un hombre en estado de pureza, aunque nos riamos de él, porque – claro- es una pureza fuera de edad. La pureza que, naturalmente, los hombres hemos ido perdiendo en los duros recovecos de la vida.
- Me he reído tanto – dice uno.
- ¿Sí?... ¿pero te has reído bien? Porque hay risas y risas. Hay risas en las que cabe la burla, y esas son una traición a la verdadera y fundamental risa.
Yo hablo de la risa sana y sin otra intención que no sea la de expresar un estado de felicidad o un momento de dichosa exaltación.
Hablo de la risa que Dios dio al hombre para diferenciarlo de los demás animales. De la risa que alguna vez nos deja los ojos llenos de lágrimas. ¿Verdad que esa es la única risa que vale, querido Pepe Biondi, verdad que sí?
Cuando escribí esta charla, Pepe Biondi estaba entre nosotros. Ahora está en su cielo. Seguro. Porque tiene que haber un cielo para quienes hacían reír limpiamente a la gente ¿O me equivoco?





CORRER CON VENTAJA

La vida es una carrera, más o menos larga, según la bolilla que te toque, pero una carrera que, con mayor o menor velocidad, tenés que correr hasta el final. Que nunca sabes de antemano dónde ni cuándo va a ser. Correr con ventaja hace más fácil la carrera pero lo enseña mal al humano. No sólo desde el punto de vista moral, que suele ser el más importante, sino también desde el punto de vista práctico.
Porque a quien se acostumbra a la ventaja se le hace difícil competir en lucha franca, en la que cada uno tiene que valerse de su fuerza nomás, sin esperar el empujón del vecino.
- yo lo veo a López y él me soluciona todo…
- sí, fenómeno. Hasta el día en que López está de vacaciones o no lo podés ver porque está con anginas y vos te encontrás con que no sabes ni llenar el formulario. El pariente influyente, el profesor amigo, la recomendación, son una gran cosa. Pero si toda la vida te vas a valer por ellos, vos, por vos mismo no vas a hacer mucho en la vida. Y el día que te falte el empujón vas a quedar varado o te va a costar mucho llegar a puerto.
Lo malo de la cosa en esto de correr con ventaja es que nadie te puede asegurar que la palanca te vaya a durar siempre. Y vos – vos o yo o el que sea- nos acostumbramos en seguida a la más fácil. Y como no podemos firmar contrato para que las cosas sean siempre así, con padrino, nos desorientamos o protestamos cuando de repente tenemos que hacer cola nosotras también. Y esperar como los otros. Qué también protestan. Y esperan. ¿Qué van a hacer?...
- Preguntá por López y decile que vas de parte mía…
Y vos vas. Y preguntás por López. Y López te hace pasar. Y la cola de los que esperan que López los atienda sigue esperando un ratito más. El ratito que vos le robaste porque sos amigo de López. Sí, vos o yo o el otro, repito.
Porque todos nos gusta la más fácil. Es lógico. Pero no es justo. Y los que tenemos que esperar un ratito más porque se nos adelantó un acomodado, protestamos. Hasta que somos nosotros los que tenemos un amigo allá y otros los que protestan. ¿O me equivoco?





A FALTA DE VINO…

- Bueno hombre… no te aflijas… No hay mal que dure cien años…
Ni persona que lo aguante tampoco. Con que dure 95 nomás. Calculá, si sin ningún mal son raros los que llegan a pisar esa raya, como para llegar hasta los cien cargados de males, ¿no? Además, si llegás a las cercanías de los cien con tus males a cuestas ¿qué vas a poder hacer y qué ganas vas a tener de hacerlo cuanto te alivien de tu carga de adversidades? “A buena hora…”, como dijo el tipo al que invitaron a un asado justo cuando le acababan de sacar dos muelas.
No hay mal que dure cien años. Como verdad será verdad, pero como consuelo, viejo…
En cuanto a consuelo, es como el de aquel pasaje bíblico- creo que es bíblico, no recuerdo bien- del pobre que iba arrancando yuyitos y comiéndoselos mientras se quejaba de su triste suerte. En eso andaba cuando vio que otro pobre más pobre que él iba detrás suyo masticando las raicillas de él tiraba.
Como ejemplo para él – para el que se quejaba de su suerte- siempre me pareció bien.
Lo que no puede entender nunca es porqué el otro pobre no se adelantaba un poquito y arrancaba él también los yuyitos en vez de masticar las raicillas que el otro tiraba.
Te imaginás qué suculento y sabroso almuerzo, ¿no? pero qué le vas hacer . hay gente a la que le gusta que le den todo servido.
Hasta las raicillas.
En cambio hay gente prevenida en eso de la comida. Como aquellos dos paisanos de Coronel Mom que se fueron un día a Chivilcoy en sulky a ver al médico. Unas seis legüitas más o menos. Pero, prevenidos como digo, los mozos se llevaron un asadito. El médico les recetó un jarabe no sé de qué. Dos cucharadas por día – les dijo.
Bueno, fueron a la farmacia, compraron la medicina y emprendieron e regreso en el sulky.
Pero éstos no se conformaron con las raicillas.
A mitad de camino entraron a sentir hambre, encendieron un fueguito y cuando el asado estuvo listo le metieron al diente.
- Che… no trajimos vino- dijo uno de repente.
- ¡Qué macana!- dijo el otro.
-¿Y si no tomamos la bebida que nos recetó el doctor?
Y ahí nomás se le prendieron al frasco.
Había que tomar dos cucharaditas por día.
Ellos se tomaron todo con el asado. Fue, como quien dice, una cura de apuro. ¿O me equivoco?





EL IMPREVISIBLE JUEGO DE LA VIDA

¡Qué cosa curiosa es este juego de la vida, si te ponés a ver! Un juego de recibir y de dar.
Un juego de tome y traiga en el que uno tiene que aceptar lo que le dan y conformarse – por más que patalee- con lo que le quitan. No es el tome y traiga de un negocio o de un acuerdo, en el que uno puede pelear alguna ventajita, sacar algún pesito más. No. es un tome y traiga de prepo este juego de la vida. Y muy arbitrario, muy injusto a veces.
En ocasiones te da todo, más de lo que le pedías o esperabas de ella. Y otras veces es mezquina como un viejo avaro. O viene y te quita lo que más querías cuando más lo necesitabas, y andá a reclamarle.
Dicen que la justicia es ciega. No entiendo, entonces, cómo puede ser justa. Yo digo que la que realmente parece ciega es la vida, muchas veces. Premia, de pronto, a quien no había hecho el menor mérito para el premio y le sacude un mamporro inesperado al pobre tipo que la yugaba sin jorobar a nadie. Pero como la vida es la vida y nadie tiene poder sobre ella, andá a reclamarle por la mala e injusta jugada que te hizo. La Vida, con mayúscula, es la que rige a las vidas con minúsculas. O mejor, la que rige a nuestras minúsculas vidas. Sí, señor, minúsculas, aunque andemos sacando pecho como dueños del mundo.
- Justo ahora que las cosas empezaban a andarle bien, viene y se le enferma la señora…
- Y… así es la vida, viejo.
Sí, así es. Injusta e imprevisible como ella sola. Y cruel a veces hasta el ensañamiento.
Y sin embargo, así y todo la queremos a la vida. Poquitos son los que agarran el bufoso o se mandan la gran panzada de barbitúrico para terminar con ella. Poquitos- poquitos son los que de veras quieren morirse. Será entonces que la vida no es tan mala, a pesar de sus injusticias. O será que siempre esperamos que en la próxima jugada las fichas ganadoras sean para nosotros. No sé. Pero seguimos viviendo. Y esperando. Y cantando también, muchas veces. Lo que demuestra, al final de cuentas, que la vida no es tan mala, ya que las canciones son como las sonrisas de la vida.
Aunque algunas veces sean tristes las canciones como algunas veces son tristes las sonrisas. No importa. O importa. Pero mientras seamos capaces de sonreír o de cantar es porque vale la pena vivir. ¿No es cierto? ¿O me equivoco?





LA MANITA QUE DIBUJABA
FLORCITAS.

Si uno, a través de los años de radio, hubiera ido anotando todas las cosas extrañas, simbólicas y también hermosas que le han ido ocurriendo, tendría una especie de anecdotario casi mágico. Pero no. no lo hizo y se perdió un álbum de milagrería.
Uno confía todo a su memoria. Cree que anotar en ella las cosas es como anotar en un libro. Y no. generalmente es un poco como anotar en el agua. Las olitas de los días las van borrando. Entre la memoria y el olvido cuántas veces triunfa el olvido.
Lo mismo pasa con las cartas. Uno ha ido guardando algunas cartas entre tantas, pero va pasando el tiempo y, a través de los años, el diablillo de los olvidos se las ha ido quitando. Y de repente, otro diablillo, el de los recuerdos, le trae a uno a la memoria algunas de esas cartas pedidas y que parecían también olvidadas. Como me ha pasado el otro día, el jueves para se más exacto, con el recuero de una misiva que recibí en Radio El Mundo aquella lejana Navidad. De saludo y con augurios la cartita. De una chiquita era la cartita. En papel rosa, recuerdo. Una letra de seis años, recuerdo. Y esto, que ni el diablillo de los olvidos ha podido borrar de mi memoria. La chiquita no usaba ni puntos ni comas en su cartita. Donde iba punto o una coma, en vez del punto ola coma había dibujado una pequeña florcita. Y como la cartita llevaba varios puntos y comas, resultó una cartita llena de flores. De florees dibujadas por aquella manita- o por aquella almita- de chiquita de seis años. No debería sentir en este momento este extraño sentimiento, un casi triste sentimiento, que siento al pensar que aquella niñita que reemplazaba los puntos y las comas con florcitas, debe tener ahora, si no calculo mal, entre dieciocho y veinte años.
Hay veces que los seres al igual que Pulgarcito no deberían crecer. No sé si será cruel que un niño se quede en Pulgarcito. Pero… menos mal que en el recuerdo no crecen. Menos mal que en mi recuerdo aquella chiquita sigue punteando sus cartas con pequeñas florcitas. Unas flores chiquitas, infantiles, que hoy han vuelto a abrirse para mí en el recuerdo. Solo para mí. ¿O me equivoco?




EL DIFICIL OFICIO DE DIOS

El hombre, en su actividad, ha sido y es de todo en la vida: rey, mendigo, apóstol, minero, filósofo, empresario, payaso, asesino, marido, señor de vidas y haciendas, carpintero, comentarista de radio, finado… Esta última profesión, la de finados, es la que nos empareja a todos, la que nos baja el copete. Requiencantimpace, rey de la Creación…
El hombre ha sido y es todo a través de la historia. De todo. Menos Dios. Por suerte.
Porque si con un solo Dios y millones de hombres el mundo andad como anda, ¿se imaginan ustedes un mundo con millones de hombres que fueran todos dioses? Para empezar, tendríamos que ser inmortales. Y ser inmortal es no tener descanso. Ni descanso de vivir. Ser y ser y ser nomás, siempre. –Y… La vida es linda, me podés decir vos. Y tenés razón. La vida es linda. Pero ¿no será más linda por eso? ¿Por qué sabemos que no nos va a durar siempre? No, la profesión de Dios debe ser la profesión más embromada. Sobre todo después que fueron inventados los hombres. Los hombres, sí, porque los otros bichos no molestan para nada. Se les da un espacio en la tierra; se les pone a mano algo para comer, se los faculta para alguna clase de amor y reproducción y chao. A los pájaros se les entregan unas leguas de cielo y algún árbol para que aniden; a los peces algún mar o algún río y los peces se arreglan. Claro que el pez grande se come al chico, pero… Cuando la cosa se complica es cuando aparece el hombre. No, Dios nos libre de ser Dios. Qué bichos difíciles los hombres. ¿Cómo los maneja ustedes un mundo tan dividido? Dividido en razas de distintos colores y costumbres. Dividido entre los prendidos al queso y los que quieren prenderse. Dividido entre viejos y jóvenes; entre casados y solteros; entre hinchas de Boca e hinchas de River… Y todavía nos quejamos de Dios algunas veces. Pero si la mejor prueba de que Dios existe está en el hecho de que los hombres no hayamos conseguido hacer volar el mundo todavía. Porque ganitas no nos faltan. Ni elementos tampoco. Nos hemos mandado cada invento. Lo que nos salva es que tenemos miedo todavía. Lo que nos salva es que sabemos que si hacemos volar a los otros vamos a volar nosotros también. Lo que nos salva es que, a pesar de nuestro orgullo, en el fondo sabemos que no somos dioses. Gracias a Dios. ¿O me equivoco?.




SEMBRAR EL BUEN RECUERDO

Merecer el recuerdo de la gente –el buen recuerdo-, qué cosa difícil, ¿no? Pasar por la existencia siendo alguien, siendo útil de algún modo a los demás, qué mérito, qué justificación para una vida. Sea lo que sea lo hecho, lo que se ha creado. Sea una vacuna contra algo o sea una sinfonía, sea un poema o simplemente la palabra justa dicha cuando era necesaria. Qué pocos los elegidos por el destino para esa trascendente misión de merecer el recuerdo agradecido de la humanidad. O de una parte siquiera de la humanidad. Porque hay muchos beneficiarios, habemos muchos beneficiados, muchos que somos vacunados, por ejemplo, muchos que escuchamos una melodía, muchos que pasamos los ojos por el poema recibiendo, aunque sólo sea, una ligera sensación de su mensaje, muchos que vemos el poderoso avión del hombre cruzando los cielos – muchos, en fin, que recibimos los beneficios, pero no son tantos los que se san cuenta de ello y lo reciben como si quienes hicieron posible el milagro no hubieran existido. Como si detrás del milagro que creó la droga salvadora, que imaginó la sinfonía que llena el ámbito con su magia musical o que logró hacer levantar vuelo al primer avión, no hubiera habido nadie empujando el milagro.
No quiero decir con esto que haya que levantar un monumento a cada uno de ellos en cada pueblo del mundo. Basta con eso que decía al comienzo; basta con la gente les haga un sitio en el recuerdo agradecido. Ya es suficiente. Ya ha valido la pena haber vivido y haber hecho lo que se hizo ¿Qué mejor retribución para la obra de un hombre que seguir vivo en la memoria de los hombres?
Yo fui muy amigo de Juan José Castro, el gran músico argentino que llegó a dirigir la orquesta de Arturo Toscanini en Nueva Cork.
Una noche estuve con Castro en su camarín del Teatro Colón, luego de uno de sus conciertos. El público lo había aplaudido ininterrumpidamente durante casi diez minutos. “Es demasiado – me decía, con los ojos llenos de lágrimas-, es demasiado”. Pero no era demasiado. Esa noche el público lo había aplaudido a él, había aplaudido a Brahms, había aplaudido a Beethoven, había aplaudido a Shostakovich él mismo y había sido la música que dirigió.
La música que acababa de llenar el ámbito del teatro y el ámbito de las almas de quienes recibimos el milagro.
Merecer el aplauso, el agradecimiento y el recuerdo de la gente; la gloria mayor. ¿O me equivoco?





UN AMOR MAS BIEN INTERESADO

-¿Usted ha probado la nutria, señora?
-sí, pero únicamente en tapados.
Doble mala suerte la de la nutria. Su carne sirve para estofados y su piel para tapados. Hay animales que nacen predestinados al sacrificio. Doblemente predestinados. Son comestibles aprovechables. Ahí tiene usted la ternera. Lista para ser convertida en asado de tira, en zapatos o en portafolios, y no por vocación de la ternera. Los mismo le pasa al cerdo, chancho o puerco, cuyos nombres no son obstáculo para que su cuerpo sea repartido en chorizos, morcillas, lomito, bondiola o cinturones. ¿Y qué me dicen de la oveja? Hoy oveja y mañana puchero de oveja. Y pullover de lana. O escarpines celestes o rosados. Según el pálpito de la abuela.
- La bataraza me sacó catorce pollitos.
Preciosos los pollitos. Puñaditos de dorada tibieza. Nacidos para ser lo que deben ser. Esbeltos y orgullosos gallos. O ponedoras y cacareadoras gallinas. Pero no todos. No. algunos serán doble pechuga a la parrilla. Otros llegarán a puchero de gallina. Y almohadones. Mullidos almohadones de plumas. Lo mismo les pasa a los gansos. Y no por gansos, sino por su suave plumón. Y por sabrosos, cuando son jóvenes y tiernos. Y porque les ha tocado vivir en el mismo mundo que a los hombres y sus manías. “¿Usted ha probado chorizos de cerdo con carne de potro? ¡Ah son riquísimos!” El amor del hombre por los animales adquiere las más diversas formas. Y, sobre todo, los más divertidos sabores. Sí, porque el amor del hombre por los animales pasa muchas veces por la cocina. El hombre es capaz de amar también con el estómago.
-Mozo… Bizcacha en escabeche para dos…
-No, no… - dice el otro-. A mi tráigame langostinos con salsa golf…
Eso es lo que tenemos de bueno. No somos delicados. No comemos todo. Y le inventamos a cada bicho su salsa o su aderezo.
“Todo bicho que camina va a parar al asador”. Bueno, que camina, que vuela o que nada.
Y cuando no lo comemos, siempre hallamos el modo de aprovecharlo. Y después decimos que determinados animales son los mejores amigos del hombre. Ellos, del hombre. Sí y de prepo.- ¿Usted sabía que a la vicuña, para esquilarla, hay que matarla?
No quería creerlo. He visto las vicuñas. He visto la dulce, increíble inocencia de sus ojos.
Cuando acaricié de veras con cariño, casi diría con ternura, las cabezas de aquellas dos vicuñas allá en Catamarca, yo llevaba sobre mis hombros mi poncho de vicuña. Hay veces en que el amor del hombre por los animales aparece un poquito entreverado, ¿no? ¿O me equivoco?





HOMBRES ENTRE LOS HOMBRES

-Y, bueno… si soy así, ¿qué voy hacer?
Parece la letra de un tango. “Si soy así, ¿qué voy hacer? Nací buen mozo”…
Te diría que si el tipo dice eso, algo de razón tiene. Todos estamos hechos con los mismos materiales pero no todos tenemos esos materiales en la misma proporción. Por eso los resultados son distintos. Y no me refiero al color de la piel ni al número de zapatos que cada uno calza, sino a algo que va más allá del aspecto físico de la persona. Eso que hace que uno sea de genio vivo y otro pachorriento. O que uno tenga una desdichada sensibilidad a flor de piel y otro al que las cosas le resbalan por encima nomás (Perdón: dije “una desdichada sensibilidad a flor de piel” y no sé si suena a un poquito exagerado, pero lo que es seguro es que el más condenado al sufrimiento es él – el sensible- que el otro, el que está más en lo material de las cosas)
-Y, bueno… ¿Qué le voy a hacer si voy así?
Bueno, hasta aquí te vengo dando la razón en esta charla. Sos como sos, y ¿qué vas a hacer? Pero no. Tampoco es cuestión de tomar la cosa como una fatalidad y proceder como si tu manera de ser fuera una especie de sino inamovible o de una condición innata, a la que no podés escapar. Porque si lo tomás así, te ubicás en una posición muy cómoda. La del hombre al que hay que perdonarle todo porque “él es así”. Está bien que vos, por tu capacidad intelectual o creadora, pongamos por caso, no puedas entrar en el mismo molde de los demás, pero no por eso podés pretender olvidar a los demás a meterse en tu molde. Fijate que el artista, por su propia sensibilidad, está un poco al margen del denominador común. Y está bien. Hay que tenerlo en cuenta. Pero eso no lo autoriza a ponerse en exquisito y a mirar a los demás como si no pertenecieran a su misma raza. Hay momentos, durante el día, en que todos somos iguales. Y después de todo, si es un artista, su mensaje es también para los que no lo son. Pero son capaces de sentir ese mensaje, esa obra. Por eso el artista podrá sentirse a veces un poquito más cerca de Dios pero sin olvidarse nunca de que no es más que un hombre más entre los hombres. ¿O me equivoco?




INVERTAR: ALGO DE NUNCA ACABAR

El hombre es y ha sido siempre el primer asombrado de sus propias invenciones o descubrimientos. La cara del hombre que frotando dos piedras produjo la primera chispa, no fue seguramente de felicidad sino de asombro o de miedo. Miles de años después el descubrimiento o el aislamiento del átomo quizás haya sido causa de satisfacción, pero el estallido de la primera bomba atómica no causó asombro sino horror a la humanidad. La inteligencia del ser humano, por lo visto, sobrepasa muchas de sus otras cualidades. En especial a la previsión. El hombre es como un niño dueño de juguetes cuyo poder lo enceguece. Y lo hace creerse dueño del mundo. Y ahí está el peligro; no es su inteligencia la que puede perderlo, sino su soberbia. Porque la soberbia sí puede sobrepasar la inteligencia. Jean Cocteau, el magnífico pero cruelmente irónico y a veces injusto escritor francés, dijo una vez que “Víctor Hugo era un bruto que se creía Víctor Hugo”. Del ser humano y parodiando a Cocteau podríamos decir que el hombre es un hombre que se cree Dios y ser Dios –pienso- le queda un poquito grande al hombre.
Por eso el hombre crea cosas que de pronto amenazan con escapárcele de las manos y destruirlo. Esperemos que no. que no pierda el sentido de la medida. Que no olvide que hay un punto al partir del cual termina el asombro y empieza el horror. Y que hay otros puntos a partir de los cuales –y a pesar de su inteligencia- el hombre ignora lo que pasa. O lo que le espera.
A veces pienso que es el temor y no el amor el que está salvando a la humanidad de un desastre. Es el caso de los dos grandotes que se temen y evitan el total desencuentro, por eso mismo. Por mutuo miedo a las consecuencias. Con la diferencia de que en el mundo son ya varios grandotes. Bienvenido entonces a ese miedo, si es así. Bienvenido el miedo si nos obliga a guardar las armas. Bienvenido hasta el día en que el hombre aprenda a salvarse por comprensión y no por temor. Cosa para la que, por lo que vemos en el mundo, todavía falta un ratito. ¿O me equivoco?





¿NO TE CANSAS NUNCA, HIJO?

-Siempre andás corriendo. ¿No te cansas nunca?
Se lo preguntás a un niño. “¿No te cansas de correr?” Y es como si se lo preguntaras a un río. Alguna vez el niño se detiene, sí, detiene su andar unos instantes. O se queda dormido, todavía con toda la luz encerrada en sus ojos. Así como alguna vez el río se detiene o aquieta un poco su marcha en un recodo, para seguir luego su andanza llevando el cielo en sus aguas. ¿Te has dado cuenta de quién está junto a un río tranquilo es dueño de dos cielos?
Claro, el cielo –cielo y el cielo reflejado en el agua. Que lindo, ¿no? Un cielo por duplicado.
Hay cosas así en la vida, bellezas que Dios nos pone ante los ojos y frente a las cuales pasamos sin verlas. A veces por apuro. Y a veces por distraídos nomás.
Dije el niño y dije el río. Como ejemplo. Los dos llenos de movimiento y claridad.
-Quedate quieto un rato, hijo ¿no te cansas nunca?
Si se lo dices al niño es tan en vano como si se lo dijera al río. Lo mismo. Es que tu andanza de adulto no es ya esa andanza del niño.
Por eso no la entiendes. Tu mundo no es ya su mundo. Que bueno sería que lo recordáramos de cuando en cuando frente a ese potrillita irrefrenable que es nuestro hijo. O nuestro nieto. Que bueno hubiera sido que también yo lo recordara –hace ya mucho tiempo- frente al incansable retozar del hijo en aquel su irreponible tiempo de infancia y maravilla. Nada le has dado a nadie más allá de cada etapa en su vida. Salvo a algún Don Fulgencio viviendo con un atraso de años su infancia y su inocencia.
Sucede que la vida tiene un tiempo para cada cosa –una edad para cada cosa, quiero decir.
Y no es tan fácil estar en una edad y comprender las otras. Menos para quienes están en las primeras etapas que para quienes ya las vivimos.
-¿Vas a salir otra vez, hijo?
No lo puedes entender. Y es lógico que no lo puedas entender. Con lo lindo que es –para vos- quedarte sentado tranquilo leyendo un libro. Para vos, claro. Pero él tiene 18 años.
Y no es lo mismo. ¿O me equivoco?



LA TRANSITORIA GLORIA

Estas distraído. O escuchando a alguien. O, simplemente, estás. Tranquilizado y sin expectativas. De repente oyes el nombre. El nombre de alguien que ha muerto. De alguien que –ahora que te lo recuerdan, lo recuerdas- fue un famoso centrofoward internacional. O de alguien que hace años estaba en todas las carteleras. O de un boxeador que hace también años llenaba los sábados del Luna Park.
O de aquel trompetista que allá por la década del 30 era sensación. Nombre que habías olvidado. Nombre borrado ya de tu memoria y reemplazado por otros nombres, el nombre en las noticias y el olvido. La momentánea gloria y el olvido. “Sic transit gloria mundi”. Es así, ¿no? La transitoria gloria del mundo. O la gloriola, a veces, que se confunde con la gloria.
¿Las olas del aplauso y después, el olvido?
¿Cuánto vale la gloria? ¿Vale todo lo que le cuesta al glorioso su gloria? O su éxito, sino quiere llamarlo gloria.
¿Desde que dolor nació tu monumento frente al mar, Alfonsina? ¿Cuánta muerte te costó la gloria, Marilyn Monroe? ¿Fue la gloria –o el precio de la gloria- la que apretó el gatillo aquella tarde de Leopoldo Lugones?
Me puse a pensar estas cosas, pesimistamente, ya ven, mirando la foto de José Luís Lanuza en la nota del diario que daba la noticia de su muerte. Gran escritor, periodista, divulgador de cosas, José Luís Lanuza. Y hombre de radio. Y un gran tipo. Te lo digo yo, que tuve la suerte de ser su amigo. En fin…, volviendo a la fácil filosofía a que siempre nos conduce el tema de la muerte, ¿la gloria, qué es? El hombre corre detrás del éxito o detrás de la gloria que es la culminación del éxito. Y que muchas veces llega cuando el destinatario ya no está.
Bueno, Juan, pero de todos modos, bienvenido ese sueño, esa esperanza, esa luz de la posible gloria o del posible renombre. Bienvenidos porque de ellos nace el impulso que algunas veces hace que el hombre sea alguien a quien corona la gloria. El impulso que hace que se eleve por sobre su condición indudablemente animal y llegue a emparentarse con la divinidad que busca durante su existencia. La gloria (me lo vuelvo a preguntar), ¿qué es?
Haber merecido este sereno y largo cariño tuyo, ¿no será esa la gloria? Pregúntatelo alguna vez.
Pregúntatelo. Es una de esas, la verdadera gloria esté en haber sido amado en esta vida.
¿O me equivoco?




DON PRO Y DON CONTRA.

-No señor, me opongo… No estoy de acuerdo con esa posición.
La humanidad, es lo esencial, se divide entre los que están en pro y los que están en contra de algo. Según sea de lo que se trate, el pro puede superar a la contra. O viceversa.
Ah… y existen también los que no están en pro ni en contra. Pero esos no cuentan. Los seres en blanco – los ni fu ni fa- no cuentan en la historia del mundo. Y se cuentan, cuentan pero al revés.
-¿Usted cree en Dios?
No, no me pregunte en qué Dios porque entonces sería cosa de nunca acabar. Lo que quise preguntar fue: ¿Usted cree en algún Dios?
Aquí aparece el más grande de los pro y los contra en que se divide la humanidad: Dios.
De ahí para abajo y pasando por la política y llegando hasta Boca y River, siga usted preguntando, siga usted haciendo votar al hombre y verá cómo se dividen las opiniones y cómo la pasión de esas opiniones divide a los hombres. Y no estoy diciendo que eso esté mal, no vaya a creer. Las diferentes maneras de pensar son las que complican al mundo, pero son también las que posibilitan los cambios y el progreso. Siempre que el apasionamiento no llegue al enceguecimiento y al odio. Claro que es imposible estar de acuerdo con todo. Pero hay gente que extrema las cosas y no puede entender ni que a uno le guste la ensalada de cebolla, por ejemplo.
-Pero con ese gusto que tiene la cebolla, salí de ahí.
Y al otro es justamente por ese gusto que le gusta. Lo malo no es que alguien opine de diferente manera que el otro. Lo malo es que no pueda entender que el otro, a su vez, opine de diferente manera de él.
- yo estoy de acuerdo, pero…
Estar de acuerdo, pero…, es una forma de no estar de acuerdo. Ese “pero” le pone condiciones a la cosa y a partir de él, del pero, empieza la disconformidad, el no estar de acuerdo, precisamente.
-¿Y vos de qué cuadro sos, Maurito?
Desde chiquitos nomás ya empieza la cosa.
Quiero decir, ya empiezan las preferencias. Y a veces las desavenencias, producto de esas preferencias. Y es una pena. Si uno es partidario de alguien o de algo es porque cree en ese algo o en ese alguien. Lo reprochable sería que ese alguien o ese algo defraudaran esa fe, no fueran digno de ella. En todo aquello en que entran el cariño y el engaño, lógicamente la culpa no es del engaño, sino del que engaña. Y engañar el cariño merece –pienso- un infierno aparte ¿O me equivoco?




HABLANDO DE MUCHACHOS.

¿Sabe lo que pasa, señor? Es que los muchachos de hoy, viven demasiado apurados. Viven con más apuro que la gente de antes.
Pero en los momentos en que se les frena la velocidad son iguales a todos los muchachos de siempre. Esta verdad la dijo así, como al pasar y entre otras cosas lindas que dijo, como al pasar y entre otras cosas lindas que dijo, durante un viaje que no duró mucho más de diez minutos. ¿Quién las dijo? Nada más y nada menos que un taximetrero porteño, todavía un muchacho él también, andando por las calles, andando la vida, oyendo y comprendiendo a la gente que habita la vida. “Cuando se les frena la velocidad…”
Qué porteña, qué gráfica y qué honda manera de decirlo. Cuando la velocidad les da tregua, quiso decir. Cuando el apuro les da tregua. Porque esa velocidad que se les frena”, dicho así, no es sólo la velocidad física del andar, sino la velocidad que lo empuja desde adentro como un motor acelerado a fondo. La velocidad de este mundo casi enloquecido de velocidad que nos suma a su ritmo. No hay alternativa. O te adaptas al ritmo de los demás o quedas afuera de la fila. Pero de pronto y justamente a causa de apuro, sucede que un comentarista de radio toma un taxi y se encuentra con una charla prácticamente ya hecha. O dictada sin pensarlo por un muchacho taximetrero. Porque importan las cosas que la gente dice, pero importa también la forma en que se las dice. Es que la sabiduría popular no sólo está muchas veces en la hondura de su pensamiento, sino también en la gracia y el humor con que se expresa .Escuchar a la gente es darse cuenta de que la gente sabe muchas cosas que no le fueron enseñadas en la facultad y que la verdad es la verdad auque escriba con errores de ortografía. Esas verdaderas que la vida misma le va explicando a quien la sabe comprender, es decir, a quien vive, no a quien se limita a transcurrirla.
Carlos, muchacho taximetrero. Esto es todo lo que sé de tu biografía. Tu nombre y tu profesión. No me quisiste cobrar, me regalaste el tema para esta charla, que no sé si escucharás. Me confirmaste lo que yo siempre ha creído, que la sabiduría popular es, en cierto sentido, tanto o más importante que la que encierran muchos volúmenes. Quedo, pues, en abundante deuda con vos ¿O me equivoco?





LAS IDAS Y LAS VUELTAS.

“Conservate en el rincón
ande empezó tu existencia…”
El consejo será bueno, don Hernández. En algunos aspectos no digo que no. pero es un consejo que lo condena a uno a salir de los alrededores del rancho. Y hay tantas cosas para ver en el mundo. Para ver y para hacer también (no, ya sé, que eso de “conservarte en el rincón” lo dice uno de sus personajes, no usted) pero es a esa situación de un paisano a la que me refiero. Si uno se conserva siempre en el rincón donde empezó su existencia en una de esas se pierde la aventura de vivir, el andar y desandar caminos y experiencias. O se pierde un momento de gloria ¿cómo se puede saber?
No es que al decir esto uno menosprecie al pago donde nació, que esperanza. Si uno lleva su recuerdo en el corazón como algo santo. Lo que pasa es que hay una edad para la arrancada y para la arriesgada, una edad para la que todos los caminos parecen llevar el futuro. Y auque algunos de esos caminos nos dejen después llorando en mitad de la andanza, hay que recorrerlos, porque antes de llegar nunca se sabe qué lo espera otra punta a uno. Claro que cada uno está destinado a ser y hacer en la vida lo que el mismo destino le señala. Y ya ve, por eso mismo, si su destino es abrirse camino hacia otro rumbo, tiene que dejarlo al pago, aunque le duela, para seguir el derrotero de su esperanza. Después “pegará la vuelta” como quien dice. Triunfador o vencido, cantando o ensimismado regresará al “rincón donde empezó su existencia” a celebrar el éxito o a restañarse las heridas, pero con el destino cumplido. Cerca o lejos del pago, pero con el pago presente en sus latidos, siempre. Con la querencia encendida en su corazón.
“Conservate en el rincón
ande empezó tu existencia”
A lo mejor lo que usted quiso decir fu eso, don Hernández. Conservarse en el rincón donde empezó la existencia, sí, conservarse aunque sea en el recuerdo. Porque quien lleva el recuerdo de su rincón adentro, de algún modo, y aunque este lejos, sigue viviendo allí. Como el árbol, que alza sus ramas al cielo, pero tiene las raíces metidas en su tierra. ¿O me equivoco?




EL NOMBRE DE LA PERSONA

Cada uno se llama como puede. Y para siempre. Y casi nunca por su gusto, ya que no lo dejan elegir. El tipo se encuentra con que se llama Melgarejo. Y está bien. ¿Qué le va a hacer? Melgarejo… Suena más vale a un nombre de caballo de carrera. “Melgarejo ganó el clásico pagando equis pesos”. Pero no. Lo de Melgarejo le tocó a él. (¿O hubo también un caballo de carrera con ese nombre?) Bueno, pero la cosa es que le tocó a él; porque había un antepasado que se llamaba Melgarejo. O porque nació el día de San Melgarejo. Si es que hay un santo que se llame Melgarejo. No sé. De todas maneras ahí lo tenés al hombre con el nombre puesto y luchando con su nombre en la vida.
Desde chiquito. Y la gente que pregunta:
-¿Cómo se llama el nene?
-Melgarejo…
Nombre grande para un chico. Aunque le digan Melgarejito. Pero ¿qué vas a hacer? Esperar a que se venga grande el chico para que el nombre le quede un poco más a la medida.
Sí, porque un hombre de edad que se llame don Melgarejo, pasa, peor un chiquito…
De todos modos si el llamado Melgarejo sale un tipo pintón y buen mozo, no se le nota tanto. O se le nota pero importa menos. Lo malo es cuando no solo le pusieron ese nombre sino que nueve meses antes de ponérselo, tampoco se esmeraron mucho al hacerle la acara. Pero todavía le queda una esperanza: que el Melgarejo éste así con ese nombre, y con una cara que hasta regalada es cara, haga algo que le valga en la vida y disimule las fallas esas.
Que la pague al Prode como único ganador, que se invente alguna vacunita o que juegue en Boca, por lo menos. Si no está frito. Y no por culpa de él, pobre Melgarejo, sino por culpa de los viejos que ¡claro!, pueden disculparse en cuanto a la facha del hijo porque ellos no podían saber de antemano lo que les iba a salir.
Pero del nombre no, porque el nombre se lo eligieron ellos. Cuando el recién nacido no estaba todavía en condiciones como para opinar.
Y usted, señor, usted si se llama Melgarejo por casualidad, no se enoje por esta charla. A mi me pusieron Juan Gil, de nombre. Y ya ve, la voy tirando. Claro que a mi eso de Gil me lo pusieron para despistar. Porque también uno de mis apellidos es Basso, que quiere decir bajo, y yo mido un metro ochenta y siete. Como si estuviera diciendo ni tan basso ni tan gil… ¿O me equivoco?



UNA FLOR ENTRE LAS VIAS

Tal vez hubiera sido mejor titular a esta charla con estas dos palabras, “una tontería”, porque no lo hice porque sé que hay –que hablemos- seres capaces de dar valor a una tontería como ésta: entre las vías del tren, en retiro, la pequeña plantita con su pequeñita flor roja. En medio de los rieles la plantita, creciendo porfiadamente y estallando en su florcita, como un desafío.
Millares de ojos todos los días miran apresuradamente todo. Pero miran sin ver y no ven la florcita, no ven la débil plantita, la llamita roja de la flor entre los rieles. No ven esa pequeña vida luchando para sobrevivir en un medio adverso. Ojos de la ciudad apresurada, no tienen tiempo ni luz para ver esa vida vegetal que crece allí, insistiendo como un símbolo casi inútil. Digo casi, porque de pronto un niño lanza una exclamación.
-Mirá, mamita… una florcita…
Y como eso sólo ya justificó su existencia la flor. Con que los ojos de un niño la hayan visto ya está justificado su destino. La gracia de su destino de flor.
-¿Cuál florcita, querido?
Y la madre también ve la florcita, y un señor que esperaba el tren leyendo, separa los ojos del diario y la mira. Y otro señor también. Y yo. Y ya vale la pena que la pequeña flor se haya abierto a la vida en medio de los rieles, entre las piedras quemadas por el aceite de los trenes. Porque la han visto los ojos de un niño y la han visto los ojos de un hombre que leía terrible noticias y los ojos de dos señoras. Y mis ojos, que a pesar de andar siempre a la pesca de las cosas humildes de la vida, no habían visto la flor. Pero con que sólo los ojos del niño la hubieran mirado, ya era suficiente. Ya estaba justificado el penoso y triunfante esfuerzo de la plantita en su afán de florecer.
Después llegó el tren. Que no era mi tren. Y la flor fue borrada por los vagones. Y la gente apresurada subió al tren. Y el niño cuyos limpios ojos descubrieron la flor en medio de las vías. También el hombre del diario y diez minutos después partió el tren cargado de gente, que es como decir, cargado de sueños, de esperanzas, de preocupaciones, de ansiedades. Y cuando partió el último vagón, apareció la trémula plantita con su temblorosa florcita roja. Y ellas me dijeron –ellas, la planta y la flor- me dijeron que eran el símbolo humilde y vulnerable de la belleza, que es capaz de florecer en cualquier lugar. Aunque sólo sea para los ojos de un niño. Y nada más. ¿O me equivoco?





UNA MUJER PARA LLEVARME A LOS LABIOS

-Hola… ¿cómo te va?
-Ya lo ves…
Sí, verte te veo. Veo tu cara, pero lo que tu cara me dice puede no ser precisamente cómo te va. La sonrisa de tu cara al saludarme puede disimular una oculta angustia o también un disimulado desengaño. Una cosa es la cara verdadera y otra cosa la mascara con que ocultamos al mundo lo que nuestra cara, sin esa máscara, diría. Por la misma razón, cuantas veces envidiamos la aparente felicidad de quien tal vez es menos feliz o más desdichado que nosotros en ese momento.
Hay quienes tienen la fuerza suficiente para aguantarse sus penas sin andarlas proclamando y otros- yo, por ejemplo- que siempre descargamos nuestros pensares en aquellos que más queremos, sabiendo que no nos los puede remediar. Con lo cual nuestros pesares siguen gozando de buena salud para desgracia nuestra y hemos hecho partícipes de nuestra pesadumbre a los seres queridos. Lo que en el fondo viene a ser una inútil y egoísta crueldad. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Habemos quienes, tirando a viejos ya, todavía añoramos la caricia materna. Por eso será que moral y espiritualmente, la mujer es casi siempre mas fuerte que el hombre, por más musculoso que sea el hombre. Por eso: porque ella nació facultada para ser madre. Y en su cariño de mujer hacia el hombre –cuando es cariño de veras- hay algo de esa madre que siempre lleva consigo una mujer, aunque no tenga hijos. “Aunque no tenga un hijo para llevarse a los labios”, como dice uno de los personajes de García Lorca en “Bodas de Sangre”.
Hablé de lo que hablé acá, porque uno habla siempre en base a su conocimiento y experiencia, que no será una experiencia excepcional, pero que es una experiencia que le ha dejado su huella o le ha abierto una puerta a la reflexión. Por eso de pronto aparezco yo en medio de una charla con cosas de mi vida. Como ahora, aquí en este final.
Yo tuve una madre que supo cómo seguía viviendo en mí, en el hombre que ya era, el niño que fui alguna vez. Tengo una mujer que es la madre de mi hijo. Y muchas veces, la madre mía también. Usted, que es hombre y tiene una buena compañera a su lado, póngase una mano sobre el corazón y dígame si no es así. ¿O me equivoco?




VER UN POQUITO MAS ALLA.

-¡Bah! Dejame de tanto imaginate esto.
Imaginate aquello. Yo veo lo que veo. Las cosas como son por naturaleza… Nada más.
Los miré de reojo. Estaban los dos sentados a una mesa cerca de la mía en el bar. Un hombre. Una mujer. “Las cosas como son, desde su origen. Y nada más” – agregó él-. Y yo no puedo de dejar de pensar: ¿Qué lástima, no?? Debe ser triste ver lo que uno ve y de saber cómo son concretamente las cosas y quedarse con eso. Y nada más. Triste. Si no le agregás un poquito de imaginación, un cachito de ilusión a las cosas de la vida, si todo es como es nomás y así lo ves siempre, le vas a sacar poco jugo a la existencia. Me parece a mí. Calculá.
Si ves un trigal y no ves más que las bolsas de grano que te va a dar. O si ves a una pebeta y te ponés a pensar que este físico despampanante está formando nada más que por tantos litros de agua y no sé qué otros ingredientes, la vida se convierte en una porquería. Yo, en cambio, veo el trigal y veo ya el pan dorado sobre la mesa y, si te descuidás, alcanzo a ver al pibe con una servilleta al cuello, encastrándose la cara feliz, con un pedazo de ese pan untando con dulce o con maneca. O veo a la piba que te decía, esa pebeta que es un canto a la vida y…
Bueno, mejor que no te diga lo que pienso. Pero te juro que es lindo lo que pienso. Mirala cuando camina. Qué me importa la combinación química que dio por resultado ese cuerpo y esa gracia, viejo. Me importa la pebeta, así de cuerpo entero. Qué me importa la otra verdad de las cosas. Yo no veo las cosas que cada uno me sugiere. Para algo nací así y no nací topo, ¿cierto, Señor?
Recién, cuando venía para la radio, un auto casi agarra a un perrito. El perrito, asustado gritó. Pero el auto no lo había tocado. Cuando el animalito, todavía tembloroso se acercó a mí – no sé por qué a mí- yo no pensé en la cantidad de adrenalina- si es adrenalina-, que el organismo del perrito habría segregado a causa del susto. Lo que a mí me importó fueron los ojos asustados e implorantes el perrito dirigidos hacia mí, y además, como no soy veterinario y no podía darle más que una caricia, eso era lo que importaba. La caricia. ¿O me equivoco?




PONELE VOS EL TITULO.

Las cosas valen más-o parecen valer más- cuando las has perdido que cuando las tenés. La pérdida es la que le da su exacto valor a lo que fue tuyo. Tanto es así, que hay veces que recién nos damos cuenta de que éramos dueños de algo cuando ya no lo tenemos, cuando ha dejado de servirnos o de acompañarnos. Mientras tenés la muela sana no la notás a la muela, lo que notás enseguida es el vacío que te queda cuando te la sacan. La muela, mientras está no la notás, lo que notás es el agujero. Y con muchas cosas más o menos igual.
Dicen que al que sufrió de callos en el pie izquierdo, por ejemplo, y han debido amputarle ese pie a causa de un accidente, le siguen doliendo a veces los callos del pie que ya no tiene. En serio ¿eh? En el caso de la muela sucede, en parte, porque aunque sabemos que cualquier día podemos perder una muela, por una carie o por una trompada, casi nunca estamos preparados para esa pérdida. Para la pérdida de una muela o lo que sea. Por eso la pérdida de una muela o lo que sea. Por eso la pérdida nos duele físicamente, síquicamente o espiritualmente, según sea el carácter de lo perdido o añorado.
Así como la ausencia o el alejamiento de un ser querido es lo que nos duele y nos da la verdadera medida de nuestro cariño por él y de la necesidad que de él teníamos. El hueco se nota cuando falta lo que llenaba el hueco. Lo que hacía que no hubiera hueco, justamente.
- Has dejado un vacío imposible de llenar…
Es una vieja frase de despedida, pero es una verdad. Porque cada uno llena de algún modo determinado hueco en la vida de los otros. Y es muy difícil que otro encaje exactamente en ese hueco, abierto en el cariño, el amor o la amistad. Es muy difícil porque cada uno es como es, cada uno trae y da lo suyo a quien se le aparea en el camino de la vida. Y puede llegar otro y darnos más quizás, pero no es lo mismo. Ni de la misma manera. Y no me preguntés por qué.
Preguntáselo vos mismo a tu corazón. Y en una de esas ni tu corazón sabrá el porqué ya en sus alrededores –en los alrededores de tu corazón- las cosas son como son, sin entrar en el terreno de la razón o de la sinrazón.
-Un vacío imposible de llenar…
Sí, señor. Como en el tango, que a veces tiene una manera definitiva de decir ciertas cosas. ¿O me equivoco?